Índice

 

Artículos:

Los caballeros Templarios

Paracelso vida y obra

La carrera al polo sur

Alejandro Magno

Eric Fromm

Epicuro y la vida feliz

Galieo Galiei

Napoleón, la revolución cultural

El calendario Azteca

¿En que no piensan los politicos?

JAPÓN, la armonía del movimiento

Mitología Greco-Romana

Ártico espiritual

¡Que viene el lobo! sobre el miedo

El Agua

La torre de Canyamel

El principito, fuente de juventud

¿Talayots?

Lao tse y el Tao

Cómo superar nuestros límites

El Bhagavad Gita para todos

Dragones ¿qué hay de nuevo qué hay de viejo?

El pasado existe

Egiptomanía

El mito de la caverna y sus remakes

Filosofía: preguntas y respuestas

Ciencia para poetas:

¿De dónde vengo se preguntó el universo?

¿Cuál es la edad de la tierra?

La unión hace la fuerza

Los despistes de Sir Isaac Newton y Mario Benedetti

Nada se crea nada se destruye todo se transforma

Las edades del hombre

¿Qué es el sonido?

¿Qué es el color?

Inventos con historia:

Patatas chips

Cepillo de dientes

Rayo x

El retrete

La armadura

El alfiler

Toallitas de papel, Kleeflex

Pintura explicada:

Las hilanderas

Venus y Marte

El juicio de Paris

La escuela de Atenas

La creación de Adán

Notícias de interés:

Biblioteca Digital Mundial

Poesías, poemas y cuentos:

Cuentos Zen

Te quiero “Mario Benedetti”

Hagamos un trato “Mario Benedetti”

Breve biografía de Mario Benedetti

Los pitagóricos Damón y Pítias

Canción del pirata “José Esponceda”

Táctica y estrategia “Mario Benedetti”

El día que me quieras “Amado Nervo”

Amor a la patria “Miquel Costa i Llobera

Los motivos del lobo “Rúben Darío”

En paz “Amado Nervo”

Glossa 1883 “Eminescú”

Soneto de fidelidad “Vinícius de Moraes”

No digáis que agotado su tesoro “Bécquer”

Enfrentar mil ejercitos “Mª Ángeles Reina”

Humor:

Frases imperdibles de les Luthiers

Dudas filosóficas

Sabiduría materna

Quins principis

Comentarios desactivados

Los caballeros Templarios

 

    La historia de la humanidad es pródiga en acontecimientos asombrosos. Nada más gratificante que recorrer con la atención las páginas de ese gran libro que hemos escrito todos los seres humanos.

    Uno de los capítulos del Gran Libro es el que aconteció hace unos ocho siglos. Un grupo de caballeros decidieron ir a Tierra Santa para proteger a los cristianos que acudían en peregrinación a Jerusalén. Nueve caballeros decidieron enfrentar a miles de enemigos. Por su valor, disciplina y elevados principios morales, se les bautizó como los Caballeros del Templo.

    De los primeros caballeros, Hugo de Payns – fue el primer Gran Amo de la Orden- y Godofredo de Saint Omer, nace la idea de formar a los caballeros formalmente como una orden en 1119 y tomaron el nombre de Orden de los pobres Caballeros de Cristo, pero fueron conocidos mas popularmente como Los Caballeros del Templo de Salomón o Los Caballeros Templarios.

    La orden obtuvo de Honorio II la aprobación papal y adoptaron el hábito blanco de los cistercienses al que añadieron la cruz encarnada. La Orden fue reconocida formalmente por la Iglesia en el Concilio de Troyes en 1128, y San Bernardo de Claraval, el clérigo más influyente de la época, redactó los reglamentos por la que ellos se debían regir. San Bernardo tomó la causa del Templarios con entusiasmo:

         “Ha aparecido una nueva caballería en la tierra de la Encarnación. Es nueva y aún no ha sido probada en el mundo, en el que desarrolla un doble combate, tanto contra sus adversarios de carne y de sangre, como contra el espíritu del mal. Y no me parece maravilloso el que esos caballeros resistan por la fuerza de sus cuerpos a sus enemigos corporales. Pero a que combatan con la fuerza del espíritu contra los vicios y los demonios, yo lo llamaría no sólo maravilloso, sino digno de todas las alabanzas debidas a los religiosos”.

    La Orden Templaria estaba encabezada por un gran maestre (con rango de príncipe), por debajo del cual existían cinco rangos: caballeros, sargentos y escuderos, sacerdotes y artesanos o hermanos de oficio. Los primeros llevaban la característica vestimenta de la Orden. Eran muy disciplinados y causaban admiración por su porte y conducta. Indicaba la Regla de la Orden que “Todo hermano debe esforzarse en vivir honestamente y en dar buen ejemplo a los seglares y a otros conventos, en todas las cosas, de tal forma que quienes les vean no puedan observar nada malo en su comportamiento, ni en su forma de cabalgar, caminar, beber, comer o mirar, ni en cualquiera de sus actos ni en ninguna de sus obras”.

         Pero si en algo se caracterizaban los templarios fue en su elevado número de donaciones y limosnas dadas a los necesitados. Las encomiendas, verdadera fortalezas donde vivían, eran comedores sociales, donde los pobres encontraban un plato de comida todos los días.

    El rey aragonés Alfonso I el batallador dejó su reino a las órdenes militares, entre ellas la templaria, que renunciaron a éste a cambio de numerosas ventajas. Además, con el fin de salvaguardar los ahorros de los peregrinos, desarrollaron un sistema bancario basado en garantías (similares a los cheques de viaje actuales), que se podían intercambiar por la cantidad indicada en cualquier encomienda templaria. Así se evitaba el riesgo de sufrir un atraco por las numerosas bandas que infestaban los caminos. Este sistema bancario, y sus abundantes riquezas convirtieron a la orden en un gran prestamista, que aportaba los fondos cuando los diversos reyes europeos necesitaban dinero. Los templarios llegarían a ser una de las instituciones más ricas de su época, contando con vastas tierras y señoríos, numerosas ventajas comerciales, grandes tesoros, flotas comerciales que partían desde Marsella. Se convirtieron gradualmente en los banqueros de gran parte de la nobleza y monarquías de Europa. Además gozaban de extraterritorialidad dentro de sus recintos; eran un estado dentro de los estados de la época.

    En la base de la organización y hasta en la misma regla aparece el emparejamiento de los hermanos, que salen de dos en dos y que comen de dos en dos en la misma escudilla. El sello templario por excelencia recoge esta forma de organización.

    Felipe IV de Francia, el Hermoso, ante las deudas que su país había adquirido con ellos, tras un préstamo solicitado por su abuelo Luis IX para pagar su rescate tras ser capturado en la Quinta Cruzada, y su deseo de un estado fuerte, con el rey concentrando todo el poder (que entre otros obstáculos, debía superar el poder de la Iglesia y las diversas órdenes religiosas como los templarios), convenció al Papa Clemente V, fuertemente ligado a Francia, de que iniciase un proceso contra los templarios, acusándolos de sacrilegio a la cruz, herejía, sodomía y adoración a ídolos paganos (se les acusó de escupir sobre la cruz, renegar de Cristo a través de la práctica de ritos heréticos, de adorar a una cabeza barbuda de nombre Baphomet y de tener contacto homosexual, entre otras cosas). En 1307 el Rey Felipe IV y su canciller, Guillermo de Nogaret, acusaron a los templarios de herejía y abolieron la Orden. Todos los templarios franceses, incluido el gran maestre Jacques de Molay, fueron arrestados (sólo trece escaparon) y se les interrogó bajo tortura o la amenaza de tortura. En 1312 el Papa Clemente V estaba de acuerdo en emitir una bula papal que suprimiese la Orden y sus miembros fueron quemados en la hoguera. El Papa pidió que las propiedades de los templarios fueran dadas a los Hospitalarios pero aunque esto se hizo en Alemania, en Francia e Inglaterra, la mayoría fueron para la Corona. En España y Portugal los templarios pasaron a otras órdenes para salvar la vida y continuar con su vocación.

    En España los templarios tuvieron también mucha influencia. La ciudad de Tortosa fue entregada a los templarios en recompensa de la ayuda dada a pedro II. La educación del rey Jaume I fue encomendada a Guillermo de Montredón, maestre templario de Aragón. Fue este caballero quien le inculcó los principios esenciales de su personalidad moral y de los ideales de religiosidad, lealtad y fidelidad. Los templarios acompañaron a Jaume I en la reconquista de Mallorca. Eran considerados como tropas de élite. El rey fue manifiestamente generoso durante todo su reinado con la Orden del Temple.

    Han llegado a nuestros días la descripción de la ceremonia de ingreso de los caballeros. En primer lugar se reunía el capítulo de la encomienda en la capilla. Allí el comendador preguntaba a los miembros si alguien se oponía a la recepción del aspirante, y en caso de no haber ningún tipo de oposición manda a buscarlo. Un par de caballeros veteranos, tratando de desanimarle, le insistían sobre la dureza de la disciplina y las fatigas que tendrá que sufrir. Si persistía en su deseo de ingresar en la Orden, el comendador y el aspirante cruzaban palabras de petición y recibimiento.

    El Temple tuvo, al decir de algunos historiadores, una misión civilizadora: alimentar a los hombres, protegerles, desarrollar la economía y sus relaciones y construirle el instrumento de evolución espiritual sin el cual, el ser humano está en peligro de ser tan sólo una máquina cruel y devastadora. Porque aquellos hombres que eran algo así como los quijotes de cristo por la desmesura de sus sueños, conservaban el espíritu práctico: supieron ser al mismo tiempo organizadores sin par y místicos guerreros en pos de un mundo mejor.

    Como si fueran la encarnación de las historias indias del Bhagavad Gîta, los templarios llegaron a ser verdaderos místicos-guerreros.

Francisco Capacete

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¿En que no piensan los politicos?

JAPÓN, la armonía del movimiento

Mitología Greco-Romana

Ártico espiritual

¡Que viene el lobo! sobre el miedo

El Agua

La torre de Canyamel

El principito, fuente de juventud

¿Talayots?

Lao tse y el Tao

Cómo superar nuestros límites

El Bhagavad Gita para todos

Dragones ¿qué hay de nuevo qué hay de viejo?

El pasado existe

Egiptomanía

El mito de la caverna y sus remakes

Filosofía: preguntas y respuestas

Ciencia para poetas:

¿De dónde vengo se preguntó el universo?

¿Cuál es la edad de la tierra?

La unión hace la fuerza

Los despistes de Sir Isaac Newton y Mario Benedetti

Nada se crea nada se destruye todo se transforma

Las edades del hombre

¿Qué es el sonido?

¿Qué es el color?

Inventos con historia:

Patatas chips

Cepillo de dientes

Rayo x

El retrete

La armadura

El alfiler

Toallitas de papel, Kleeflex

Pintura explicada:

Las hilanderas

Venus y Marte

El juicio de Paris

La escuela de Atenas

La creación de Adán

Notícias de interés:

Biblioteca Digital Mundial

Poesías, poemas y cuentos:

Cuentos Zen

Te quiero “Mario Benedetti”

Hagamos un trato “Mario Benedetti”

Breve biografía de Mario Benedetti

Los pitagóricos Damón y Pítias

Canción del pirata “José Esponceda”

Táctica y estrategia “Mario Benedetti”

El día que me quieras “Amado Nervo”

Amor a la patria “Miquel Costa i Llobera

Los motivos del lobo “Rúben Darío”

En paz “Amado Nervo”

Glossa 1883 “Eminescú”

Soneto de fidelidad “Vinícius de Moraes”

No digáis que agotado su tesoro “Bécquer”

Enfrentar mil ejercitos “Mª Ángeles Reina”

Humor:

Frases imperdibles de les Luthiers

Dudas filosóficas

Sabiduría materna

Quins principis

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Cuentos Zen

 

Un cuenco sobre el vacio

    Ikkyu era entonces un joven monje en un templo Zen en el que vivía también su hermano; un día, este ultimo dejó caer un cuenco utilizado en la ceremonia del té. El superior del templo escuchó el ruido y dijo:

- ¿Qué has hecho desgraciado? ¿No sabes que era un regalo del Emperador? ¡Pagarás por ello!

    Pero Ikkyu le dijo que no se inquietara:

- Tengo sabiduría puedo encontrar una solución-

    Reunió los trozos de cerámica, los puso en las mangas de su kimono y se fue a descansar en el jardín del  templo, esperando tranquilamente a que el maestro volviera. En el momento en que le vio, fue a su encuentro.

- Maestro, ¿los hombres nacidos en este mundo mueren o no mueren?

- Sin lugar a dudas mueren- respondió el Maestro- El mismo Buda murió.

- Comprendo – dijo Ikkyu -, pero en lo que concierne a las demás existencias, los minerales o los objetos ¿están destinados a morir?

- Desde luego - respondió el Maestro - Todas las cosas que tienen forma deben morir necesariamente, cuando les llega el momento.

- Comprendo -dijo Ikkyu - En suma, como todo es perecedero, no se debería lamentar lo que ya no es, ni enfadarse contra el destino…

- ¡No, desde luego! ¿Adónde quieres llegar? - preguntó el Maestro -.

    Entonces Ikkyu sacó de las mangas de su kimono los restos del cuenco y se los presentó a su Maestro. Este se quedó con la boca abierta.

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Paracelso Vida y Obra

 

        Era un diez de noviembre de 1493 cuando al subir la cuesta que llevaba a su casa, la Ermita de Einsiedeln, un hombre con aspecto de haber bebido demasiado se interpuso en el camino del doctor Hohenheim para contarle noticias a cerca de un barco llegado de América cargado con oro y otras mercancías, tan peculiares, como unos indígenas desnudos. El doctor se lo sacó de encima tan bien como supo y continuó con firmeza e inquietud su camino; pocas horas más tarde nació Philippus Teophrastus, bajo la influencia del signo de escorpión y, sobretodo, bajo la influencia de su familia y de las circunstancias sociales de la época.

        Su padre, Wilhem von Hohenheim, era descendiente ilegítimo de una familia noble de caballleros, los  Bombaste, lo cual le ocasionaría suficientes injusticias para que le quedaran grabadas, no sólo al padre, sino también al mismo hijo. Pero al mismo tiempo este hecho les movió a desconfiar de las cosas que no dependían de ellos, como títulos y fama, e impulsó a atesorar conocimientos y a formarse a sí mismos a lo largo de toda su vida.

        Su madre era Els Oher, hija de un servidor del templo que le transmitió su fe en Dios y su condición de tener los pies en la tierra. Fue sin duda su padre, médico entregado a la profesión, el primer maestro de Teophrasto. De él aprendió no sólo los primeros conocimientos de la Ciencia Médica, sino el espíritu de sacrificio y entrega a los enfermos. No fueron pocas las noches que pasó de niño esperando a que su padre volviera de hacer visitas a enfermos cumpliendo su oficio de médico de la zona.

        La admiración que sentían era mutua, pues el padre siempre le vio como a una criatura peculiar, con cuerpo de niño, pero inteligencia de hombre y por eso no tardó en transmitirle lo que él sabía de lo que les rodeaba y a llevarlo con él donde fuera. El entorno en el que se movían, valles y montañas de gran belleza, propició un contacto muy íntimo con la Naturaleza, al tiempo que un profundo conocimiento de la misma. El doctor Hohenheim le iba enseñando desde muy pequeño las hierbas que le eran útiles para tal o cual enfermedad, donde hallarlas y como prepararlas. Sin embargo, al joven Paracelso, como más tarde él mismo se autonombraría, no le era suficiente este concepto de la Medicina, él quería ir más allá, quería llegar primero a las causas que provocaban las enfermedades y después a los remedios que las salvaran. Así se cuenta que una vez que acompañó a su padre a curar un minero, observó que todos los mineros en realidad tenían aspecto enfermizo, por lo que preguntó al más anciano por la causa de ello, y éste le dijo que era el polvo que respiraban  todo el día de las calderas. El niño empezó a imaginar que una piedra se estaba formando en sus pulmones y escandalizado dijo: “Cuando sea médico me esforzaré por salvar a estos trabajadores de la fatalidad que los mata prematuramente.”

        Tal vez fue la muerte de su madre cuando él era aún muy joven, tenía 9 años, junto con el espíritu crítico hacia todo lo que les rodeaba, especialmente en el mundo de la Medicina, lo que les movió a él y a su padre a mudarse de residencia. Vivió en Carintia una temporada, pero fue sólo el comienzo de un continuo peregrinaje que le llevó hasta casi sus últimos años de vida.

        En Tirol aprendió Alquimia de la mano de Sigmund Füger. Además de en la Universidad de Viena estuvo en otras por Italia dónde se formó en Ciencias Naturales y Medicina, hasta que en 1515 obtuvo el birrete de doctor, en Ferrara, y se supone que fue en ese momento cuando se atribuyó el sobrenombre de Paracelso. También conoció a otros grandes maestros de su época como el obispo Eberhard Baumgartner y el abad Johannes Heidenberg o Tritemio, quien le marcó para toda su vida y le orientó en sus investigaciones de las fuerzas misteriosas de lo invisible.

        Como es de suponer un personaje así se creaba enemigos a la par que discípulos; los médicos de su época lo rechazaban y tildaban de brujo y basto, e hicieron no poco para  intentar mantenerlo apartado de la vida social, pero él siempre se sintió libre incluso para llamarles “miradores de orina”, aún a los más prestigiosos e influyentes profesionales del momento. 

        Aprender y ayudar era su lema, su motor, se asesoró tanto por gente culta como por conocedores de sabiduría popular. Curó a reyes y a campesinos, a todos se entregó con amor e inteligencia y, con este espíritu, se desplazó por España, Portugal, Francia, Inglaterra, Alemania, Suiza, Moscú, y volvió a través de Polonia, Austria, Hungría, hasta llegar a Alejandría. Tomó parte como médico en las guerras de Venecia, Países Bajos y Dinamarca, al tiempo que saciaba su sed de saber en las universidades de Oxford, Colonia, Viena.

        Y todo ello combinado con una fe en Dios y en Jesucristo que asombra en nuestros días. Siempre se autoproclamó “llamado por Dios para ejercer la Medicina”, convirtiéndose su labor en una especie de meditación entre Dios y el enfermo, para Paracelso ser médico significa haber recibido un encargo de Dios y ejercerlo por orden suya, o de otro  modo fracasar. Esta filosofía no suponía para él ninguna contradicción, pues hacía una interpretación propia de los Evangelios, o cabría decir que los tomaba más en serio que la misma Iglesia. A ésta no dudaba en fustigarle sus tendencias rígidas y estrechas; “la fe sin obras está muerta”, repite una y otra vez. Según él, “el Evangelio originario sólo conoce amor, piedad, pobreza y  humildad”.

       En 1526 recibe un encargo docente como Ordinario en la Universidad de Basilea, donde se relaciona con gente de prestigio, entre otros  Erasmo de Rotterdam, y en este tiempo no tiene que preocuparse por las necesidades cotidianas, lo que le permite volcarse a la dedicación de doctor a la vez que enseña y forma discípulos. 

        Pero todo en él es revolucionario, no puede enseñar sus teorías sin rebatir las ya establecidas y su lengua es tan afilada como para pronunciar unas palabras así: “Me parece obligado devolver la Medicina a su estado originario y digno de elogio y, junto con los intentos de depuración de las heces de los bárbaros a los que algunos se dedican, depurarla de los errores más graves”.

        Al mismo tiempo prepara conferencias con temas médicos que ocultan ideas e instrucciones nuevas, en muchos aspectos revolucionarias. Aún no siendo un gran orador, su fuerza interior es como un fuego que le impulsa mágicamente y responde a los ataques de sus contemporáneos con más insolencia y arrogancia a medida que progresan los insultos, lo que se ve claramente en el prólogo de “PARAGRANUM” donde arremete contra Avicena, Galeno y un sinfín de personalidades y universidades.

        Conocedor de una orden de arresto en su contra, vuelve a “apatriar” la carretera y empieza a vivir como un sin techo a veces hospedado de amigos en una ciudad, a veces expulsado de otros. Vive temporadas en las montañas, después baja a los valles y, a medida que su brillo exterior se va apagando, crece en él su luz interior; vive en un profundo anacoretismo y escribe más de 100 tratados de metafísica teosófica. Si en su juventud su sed de conocimiento le llevó a observar la Tierra, a los 38 años vuelve su mirada al más allá, percibiendo su existencia como algo pasajero, como un período de prueba y examen.

        “Una y otra vez despachado con desprecio, porque grande es el montón de quienes se alzan contra mi, pero pequeño su entendimiento y su arte”.

        Huyendo se traslada a Austria, donde ansía encontrar paz y descanso, pero pronto su estancia se vuelve a hacer insoportable en Viena por el acecho de sus enemigos; de nuevo peregrina a Carintia y en 1538 sabe que su padre lleva ya 4 años muerto. Con él con 44 se entrega total y absolutamente a su labor, como haciendo un último esfuerzo y a la vez, como despidiéndose del paisaje que de joven acarició. Cabalga para ir a curar enfermos y no parece estar falto de energía vital, aunque cuentan por los retratos que de él se tienen de esta época, que su rostro transmite dolor, cansancio y hastío por el continuo desgaste que su pasión y la de sus enemigos le ha ido consumiendo. En este tiempo escribe sus “DEFENSIONES”, en las cuales se defiende no sólo ante “el fracaso que lentamente le asfixia”, como el mismo dice, sino que también hace un balance de toda su vida, llena de altibajos por fuera, pero siempre  ascendente en su evolución interior.

        Los tres últimos años de su vida son algo inciertos, pero desde 1540 en agosto vuelve a estar en Salzburgo requerido por el príncipe arzobispo Ernst von Bayern. Estuvo en el hospital de San Esteban, si bien cuando vio que la muerte ya le era inminente, alquiló una habitación en la Posada del Caballo Blanco que le hizo de alcoba y oficina testamentaria, y allí la esperó “como fin de su laboriosa jornada y verdadera cosecha de Dios”, en palabras suyas. Las causas que le llevaron a una muerte tan prematura van desde una atrofia renal, a un cáncer de hígado, o a un envenenamiento por parte de los médicos de Salzburgo, mediante matones a sueldo, pues todos eran enemigos suyos. 

        Era un 24 de septiembre de 1541, tres días antes con “razón, sentidos y ánimo sincero hace heredera universal a la gente pobre, mísera y necesitada, que no tiene otra tutela ni beneficio”.

         Resultaría muy extenso enumerar todas las obras que escribió Paracelso y aún más comentarlas, puesto que significaría haberlas leído y entendido, sin embargo y a modo de pinceladas se puede decir que este genio de la vida escribió sobre Medicina, Astronomía, Filosofía, Religión, Farmacia, Botánica, Nigromancia…

         En los comienzos su tema era fundamentalmente el médico-quirúrgico y decía que había cinco tipos de enfermedades que tenían causas visibles o invisibles y que a su vez proporcionaban o requerían cinco tipos de tratamientos, cada uno de los cuales podía ser perfecto y completo. 

        Según obrara bien un tratamiento u otro, encontraríamos la causa u origen de dicha enfermedad, con lo cual el buen criterio y la meditación al respecto del médico, sería de máxima importancia. 

        Paracelso habla de la MEDICINA NATURAL, que está en consonancia con la naturaleza de las plantas y de la cual se desprenden conceptos como frío-calor, sequedad-humedad, inanición-aumento en la ingestión de comida, exceso-ayuno, etc…Son de esta rama o secta en su caso, pues no observaban otra especialidad, Avicena, Galeno, Rasis… 

        De la MEDICINA ESPECÍFICA, en la cual todos los males y sus tratamientos se administran a través de fuerzas y afinidades específicas. A esta secta perteneces los empíricos que recetan purgantes de acción parecida a fuerzas antinaturales. 

        De la MEDICINA CARACTERIOLÓGICA o CABALÍSTICA, a la cual pertenecen filósofos, astrólogos y hechiceros. Aquí se cura por el influjo de la palabra. 

        De la MEDICINA DE LOS ESPÍRITUS, cuyos practicantes intentan coger el espíritu de las plantas mediante infusiones o similares, pues culpan al mismo espíritu, de ser el que provocó anteriormente la enfermedad. 

      De la MEDICINA DE LA FE, cuyas armas son la fe en uno mismo, en el médico, en las condiciones favorables de los dioses y en la piedad de Jesucristo. “Creer en la Verdad es causa suficiente de muchas curaciones”. 

        También al estudiar las causas de las enfermedades proclamó que había cinco Entidades que condicionaban al Hombre en su existencia: la Entidad Astral, la de los Venenos, la Natural, la de los Espíritus y la de Dios; todas ellas afectan o interfieren en la salud y crecimiento de las personas, pero algunas lo hacen en Potencia, mientras que otras son determinantes, son las llamadas Entidad del Semen o de la Sangre. 

       Es curioso que cuando escribe de Medicina, conserva un rigor científico, propio de los académicos más puros, no se deja acariciar por romanticismos astrológicos, ni supersticiosos, si no que para él un feto es ante todo un fruto que en lugar de crecer en el vientre de la tierra, crece en la calidez de un útero humano, es decir, lo considera una engendra de la propia sustancia, y además, propone que no hay influencia más fuerte para ese pequeño ser que la de su propia madre, más allá de astros y otros condicionantes. 

        Refiriéndose a los adultos dice “El hombre sabio tiene mayor poder que los astros y manda y dispone sobre ellos. Sólo la Entidad del Semen posee la potencia necesaria para actuar de causa determinante”. Y al mismo tiempo expone que los astros son tan libres como nosotros, tienen su camino y simplemente nos afectan porque en algunos momentos nos alcanza su radio de acción, su sudor, en palabras suyas, lo cual sí es de vital importancia y por eso cualquier médico que aspire a ser bueno en su oficio, deberá saber y entender el movimiento de los planetas y del firmamento en general, pues el influjo de las estrellas es infinitamente más poderoso cuando nos afecta, que cualquier impulso humano. Por tanto para hacer algunas curas o intervenciones, primero hay que asegurarse de que no haya interferencias astrales, o si las hay que sean positivas.

         Según Paracelso el origen de todas las enfermedades estaría en los venenos, los cuales no nos son todos conocidos ya que provienen, en parte, de otros planetas. Un ejemplo serían las intoxicaciones por arsénico que sufren en distinta medida, pero todos, los animales, especialmente los peces, los frutos del campo y las personas. Estos venenos que son producto de la exaltación de las estrellas y entre los que también contaríamos con el azufre, la sal y el mercurio, afectan a distintos órganos del cuerpo y así encontramos que el mercurio afecta a la cabeza, la sal a las articulaciones y a los huesos, etc… Y al mismo tiempo y relacionándolo con la alquimia o con la moderna homeopatía, el mismo elemento es el que combate dicha enfermedad, eso sí, cuando la estrella específica del morbo no sea ya la dominante en el firmamento.

         Continuando pues hacia adelante, y dejando un poco la Medicina, Paracelso, a medida que iba creciendo como persona, es como si dejara de tener el foco de atención únicamente en lo exterior a él, y fue interiorizando las vivencias. Cada vez tenía más claro que la vida es algo de paso, y que lo que importa es la experiencia o lo que vas aprendiendo de ella. Cada vez recurría más al tema de la religión y de Dios, no sin antes pasar por tratados de Astronomía, Filosofía, y por las “CONFESIONES”, donde él analiza su propia existencia, y a la vez por las “DEFENSIONES” donde justifica su modo de actuar al tiempo que se pone en paz consigo mismo por la apasionada vida que ha vivido hasta el momento y que le ha provocado una infinidad de roces, discusiones, peleas con el resto del mundo.

        De los 16 escritos publicados a lo largo de su vida, podemos mencionar el “ONCE TRATADOS, VOLUMEN PARAMIRUM”, “PARAGRANUM, OPUS PARMIRUM”, “ASTRONOMIA MAGNA”, “DE LAS ENFERMEDADES INVISIBLES”, “PHILOSOPHIA SAGAX”,  “LIBRO DE LAS ENFERMEDADES TARTÁRICAS”. Pero después de su muerte algunos partidarios y discípulos suyos publicaron las Obras completas. En 1933 y después en 1955 se hicieron nuevas recopilaciones diferenciando una 1ª parte de las Obras Completas y una 2ª de Escritos teológicos y filosóficos.

         Junto con Leonardo da Vinci en Milán, Erasmo en Rotterdam y Lutero en Alemania, Paracelso y muchos otros no tan conocidos seguramente, provocó un cambio en la sociedad medieval en que vivía, aunque como es normal en estos casos él ya no lo vio. Cada uno en sus artes intentó romper con la inercia de un mundo en que todo lo nuevo que tenía por objeto revelar la Verdad del Hombre estaba prohibido, y  lo comprobamos porque él mismo se salvaguarda al final de sus escritos diciendo, nada es cierto más allá de la palabra de la Santa Iglesia, aunque a veces, en otros escritos la pone en tela de juicio.

         Cómo se ve que muy por encima de su personalidad, Paracelso amaba la Verdad, la misma compasión que Jesucristo derramó por la Humanidad fue la que él sintió por toda esa gente desnuda de sabiduría, de riquezas o sólo casa, de salud, de derechos, de libertad… y que él yendo a contracorriente, atendía en la calle, en las pobres casas, muchas veces infestadas por la peste, en los campos de guerra, etc… siempre demostrando que sólo era una herramienta de Dios, llamada para curar enfermos.

        Durante estas semanas que he tenido contacto con las ideas paracelsianas, no he podido dejar de hacer un paralelismo entre el momento en que vivió Paracelso y  el momento que vivimos en nuestros días; incluso algunos escritos que él mismo dedicó a los médicos “oficiales” de la época, parece que muy bien pudieran pasar hoy día en cualquier diario o prensa como opinión para delatar la actual situación del sistema sanitario, en especial referencia a la atención médica.

         Todos echamos de menos que cuando estamos enfermos se nos trate como un ser integral, como un microcosmos que está en interacción con un macrocosmos, en lugar de que si nos duele el estómago se nos mire sólo el estómago, o a lo sumo si el mal persiste un par de semanas, el aparato digestivo.

         Suerte que Paracelso sigue vivo en cierta forma, y nos ha dejado homeópatas, naturistas, pero es triste que ninguno lo iguale en capacidad para conjugar todas las técnicas desde las médicas a las quirúrgicas, las psíquicas, las astrológicas, las espirituales.

         Ojalá vuelva un nuevo Paracelso en cuerpo y alma y se rebele contra el actual sistema o mal llamada Ciencia Médica. Y también viaje de universidad en universidad haciendo conferencias en las que se explique qué es el Hombre y a partir de ahí empezar a analizar qué es lo que falla hoy día, cuáles son las verdaderas causas de las enfermedades actuales, para acabar hablando de qué es la Vida y qué pasa cuando no estamos en consonancia con ella.

         ¡Vuelve Paracelso y háblanos en un idioma que todos entendamos, como ya antes hiciste!.

Maria Mascaró

Un comentario

La carrera al polo sur

 

        Las primeras expediciones a la Antártida se llevaron a cabo a finales del siglo XIX y principios del XX. Esta época estuvo marcada por un gran progreso en el conocimiento. En el área de la técnica, por ejemplo, varios inventores empezaron a crear sistemas de transmisión de imágenes y sonido, lo que más tarde se convertiría en la radio, la televisión y el teléfono.

        En lo que se refiere a descubrimientos arqueológicos, se descubrió Troya (1870), el mítico palacio de Knossos (1902), la tumba de Tutankamón (1922) y Machu Pichu (1914).

        Diversos intelectuales, filósofos, aventureros y ocultistas se unieron para investigar juntos las leyes de la naturaleza y la historia de la humanidad desde un punto de vista espiritual. Esta reacción contra el materialismo dio pie a que se trajeran a Occidente muchos de los libros sagrados de Oriente, de manera que se tradujo a los principales idiomas europeos el Bhagavad–Gita, el Dhammapada, el I Ching, el Tao Te King, el Libro de los Muertos egipcio y otros.

        En medio a este afán de progreso ya no había territorios por descubrir y conquistar, ni montañas por escalar, ni mares por surcar, ni pueblos por conocer, excepto el lugar natural más misterioso del planeta: la Antártida. Un continente cubierto por una capa de hielo que va de los dos mil hasta los cuatro mil metros de espesor. Donde se ocultan todas las riquezas codiciadas por el hombre: piedras preciosas, petróleo, tierra fértil, agua dulce. Un continente virgen, que tiene sus montañas, su fauna, llanuras, lagos e incluso un volcán activo, todo escondido bajo la nieve.   

        A comienzos del siglo XX no se sabía que allí se escondían todos estos recursos. ¿Por qué fueron a explorar este continente tan hostil, donde los vientos pueden llegar a los 300km/h y las temperaturas varían de -80ºC a +03ºC.

        El poeta afirmaba que: “Mientras haya un misterio para el hombre, ¡habrá poesía!” O sea, habrá vida, habrá aventuras y habrá belleza en las acciones de los seres humanos. Si hasta hoy día se recuerdan estas expediciones es porque fueron bellas y vale la pena recordarlas. Porque fueron aventuras que forjaron verdaderos héroes capaces de soportar el dolor, el frío, el hambre, lo desconocido y hasta la muerte por un ideal de superación de los límites.

         La Historia caprichosa quería colgar en sus paredes los hechos de una última etapa heroica, para ello hizo coincidir las expediciones de Amundsen y Scott, dando inicio a la carrera hacia el Polo Sur.  

        Roald Amundsen, noruego, soñaba con llegar el primero al Polo Norte geográfico del planeta. Había asegurado su futuro aprovechando cada momento del presente para aprender y prepararse. A los quince años se sintió tan identificado con la vida de explorador polar que empezó a dormir con las ventanas de su habitación abiertas para acostumbrarse al frío. En algunas ocasiones, en vez de ir al colegio, iba a escalar las montañas de los alrededores de Oslo para fortalecer su musculatura y habituarse a caminar por la nieve. A los 24 años analizó fríamente los fallos de las expediciones al Polo y consideró que para ser mejor explorador debería aprender a navegar, por ello se buscó un trabajo como marinero en un barco de cazadores de ballenas.

        En una expedición al Polo Norte adquirió experiencia y conocimiento. Se puso en contacto con habitantes del Ártico, los inuits. Aprendió de ellos a guiar un trineo tirado por perros; a esquiar; observó con atención las ropas que llevaban y coleccionó objetos esperando que le sirviesen de algo en el futuro. Armas, alimentos, vestimenta, todo era interesante para Amundsen, pues consideraba a aquellos hombres maestros de la supervivencia en las regiones polares. Amundsen es ejemplo de que los héroes no son un producto de la Naturaleza, sino fruto del esfuerzo humano por aprender y mejorarse.

       En 1910 Amundsen se sentía preparado para enfrentar el desafío de su vida: llegar al polo norte. Coincidía con otro plan de expedición, el del inglés Robert Scott, pero el objetivo de éste era llegar al Polo Sur, la Antártida.

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        Robert Scott era un inglés habitual, de carácter marcado por la voluntad y el sentido práctico. Ya había liderado una expedición desastrosa a la Antártida en compañía de Shackleton, y otra vez se sentía dispuesto a conocer el continente pulsante, pero esta vez de verdad. Esta expedición contaba con un gran número de científicos: geólogos, biólogos, meteorólogos e hidrólogos.

        Un extraño barco les iba a llevar a los confines del planeta: el Terra Nova. Era mitad arca de Noé, por los animales que llevaba a bordo, mitad moderno laboratorio, con miles de instrumentos y libros. En el Terra Nova los medios de defensa del hombre primitivo –pieles, cueros y animales vivos– se unían, con las más sofisticadas y modernas herramientas. Y tan fascinante como ese barco es toda la doble cara de la empresa. Una aventura, pero una aventura calculada como si fuera un negocio. Una temeridad emprendida con todas las artes de la prudencia. Dicho en otras palabras, tenían muy en cuenta que “la aventura puede ser loca, pero el aventurero debe ser cuerdo”.

         En su base invernal tenían el mundo entero y toda la ciencia abreviada. En la oscuridad, una lámpara les proporcionaba luz blanca y cálida. El cinematógrafo hechizaba, mostrando imágenes de lugares lejanos. Una pianola les proporcionaba música. La biblioteca, todo el saber de aquel tiempo. En una habitación martilleaba la máquina de escribir, otra servía de cámara oscura para el revelado de fotografías. Por un lado el geólogo analizaba la radioactividad de las piedras, por otro el biólogo descubría nuevos parásitos en los pingüinos y además las observaciones meteorológicas se alternaban con experimentos físicos. Cada uno durante el día se encargaba de su parte en la exploración científica del polo, y  por la noche estos treinta hombres trataban de transmitir sus conocimientos a sus compañeros, a través de charlas y pequeños cursos. De manera que en medio del frío polar habían encontrado el calor de la sabiduría y de la convivencia. 

        La tranquilidad de la expedición se acabó cuando les llegó la noticia de que el explorador noruego Roald Amundsen, antes de partir en dirección al Polo Norte había sido informado de que el estadounidense Robert Peary ya había conseguido clavar la bandera de América allí. Tras haber visto fracasar su plan de ser el primero en llegar al Polo Norte, Amundsen, siempre dispuesto a adaptarse, decidió dar una vuelta de 180º y dirigirse hacia el Polo Sur, y allí ya había instalado su campamento ¡Y peor aún, el campamento de Amundsen estaba asentado cien kilómetros más cerca del Polo Sur que el campamento de Scott! Scott sabía que la intención de Amundsen era llegar el primero al Polo Sur, y a pesar de que nunca concibió la posibilidad de una competición, aceptó, aunque de mala gana, el desafío.

        Les separaban de su meta 1500 kilómetros a través del hielo, temperaturas extremas, vientos ensordecedores, cordilleras de montañas cubiertas de nieve y las impredecibles grietas que se abrían en el suelo. Las jornadas eran de una media de 30 kilómetros al día, rotas apenas por tres paradas para comer y seis horas para dormir. El premio: ser el primero en romper el milenario silencio del Polo Sur.

         La exploración de la Antártida no se parecía a ninguna otra en cualquier parte de la Tierra. No había feroces animales, ni indígenas salvajes que les cerraran el paso. La lucha se establecía entre el hombre y las fuerzas desatadas de la Naturaleza, entre el hombre y los límites de su resistencia. Llegar al Polo Sur era un hecho excepcional, explorar la Antártida un auténtico descubrimiento, ya que nunca el ser humano había proyectado allí su sombra.

        Después de 58 días caminando, el 14 de diciembre de 1911, la expedición del experimentado y atrevido noruego Roald Amundsen dejó por primera vez sus huellas en el último rincón inexplorado del planeta. Amundsen al llegar allí escribió en su diario: “No he sabido nunca de un hombre que se encuentre en una posición tan diametralmente opuesta a su sueño como yo, que desde la infancia sueño con el Polo Norte, y aquí estoy en el Polo Sur”.

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        35 días después, en el 12 de enero de 1912, aquel rincón de la Tierra, durante tantos miles de años sin ser contemplado por la mirada humana, fue visto por segunda vez al llegar la expedición del inglés Robert Scott.

         Había llegado a su fin la carrera al Polo, ahora sólo quedaba regresar. Amundsen todavía contaba con la ayuda de la suerte, y las buenas condiciones del tiempo le permitieron llegar a su campamento en 38 días, 20 menos de los que había tardado en llegar al Polo. De la misma manera que la suerte seguía de parte de Amundsen, la mala suerte al parecer no quiso abandonar a los aventureros ingleses. A la vuelta se enfrentaron a condiciones climáticas todavía peores, perdieron la ruta establecida y no encontraron las provisiones que habían dejado por el camino para el regreso. Tantos imprevistos les llevaron a la muerte.

         Amundsen fue recibido por el rey de Noruega y aclamado por el mundo entero como “el último conquistador”. Su victoria sólo disminuyó de interés cuando meses más tarde salió a la luz el fracaso de Scott y sus compañeros, de quienes los restos mortales fueron encontrados por una expedición de ayuda. Fueron aclamados como héroes y sus nombres y sus aventuras fueron inmortalizados. Amundsen por otro lado hizo una verdadera fortuna, dando conferencias y escribiendo artículos para los periódicos. Y a pesar de ser un competidor despiadado también residía en él la nobleza que distingue todos aquellos que son dueños de sí mismos, y donó la mayor parte de su dinero a la familia de Scott y a la de sus compañeros que habían muerto.

        No había nada en el Polo, lo desconocido se convirtió en conocido, lo inalcanzable en asequible. Se había disipado el sueño, pero no las ganas de explorar, de lanzarse al abandono, de dejar atrás todas las certezas. Para cerrar con llave de oro la edad heroica, el explorador Ernest Shackelton decidió emprender una nueva aventura: cruzar la Antártida de punta a punta caminando, 2500 km. en total, pues el ser humano tiene como vocación explorar.

Rafael Gonçalo

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Alejandro Magno

 

    Diversas son las perspectivas bajo las cuales se han escrito libros, grabado documentales, o realizado conferencias sobre un hombre excepcional como Alejandro Magno.  Tan diversas como definiciones de bondad y de maldad existen.

    Desde su nacimiento e incluso desde su concepción, su vida distó mucho de  ser común, Olimpia como toda madre  creía que su hijo estaba destinado a ser un gran hombre, sólo que ella además de saberlo se esforzó en sembrar esa seguridad en Alejandro, pero en algún momento aquella seguridad que desde muy niño había demostrado, tomó un matiz distinto del que hubiera deseado Olimpia.

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    Es admirable que con doce años haya logrado domar a una bestia imponente pero es más hermoso aun, saber que lo mantuvo a su lado por casi veinticuatro años o más y que cuando Bucéfalo murió, creó una ciudad en su honor.

    Tras las  numerosas batallas que habría librado su padre Filipo, Alejandro llegó a admirarlo, aunque el carácter mujeriego de su padre logró eclipsar en parte aquel respeto que se convirtió en el reto de mejorar sus hazañas y llegar mucho más lejos que el rey Filipo.

    Guiado por el inmenso amor que sentía hacia su madre Alejandro se prometió no caer en las tentaciones en las que su padre se regocijaba.

    Tras la muerte del rey, su hijo puede hacer realidad el sueño que había nacido en él desde la primera vez que leyó “La Ilíada” de Homero. Fundamental  fue la instrucción fue la instrucción de Aristóteles el filósofo que le había ayudado a comprender aspectos de la fortaleza de Aquiles, y Alejandro mantuvo bajo su almohada hasta su muerte, la copia de “La Ilíada” plagada de notas que el propio Aristóteles había escrito al pie.

    Alejandro Magno nunca quiso vencer a su oponente más bien lo que quería canalizar  era su propia impetuosidad, sus ansias, que posiblemente en un principio no era exactamente de dominio sino más bien de justicia.

    El emperador persa Ciro el Grande empezó a hacerse con los colonias griegas de Asia menor, Darío I decidió invadir la propia Grecia, posteriormente los persas bajo el mandato de Jerjes I saquearon Atenas; tras una larga sucesión de temporales emperadores al agotarse la línea directa de descendencia real, se nombró emperador a Darío III éste era considerado un hombre débil e incompetente en materia militar, lo que fue plenamente comprobado en el primer enfrentamiento contra los griegos en Iso, el ejercito que comandaba Darío era superior al que apoyaba a Alejandro en una proporción  de 10 a 1 pero tal fue la determinación y el genio estratégico militar del rey macedonio, que provocó en el enemigo el caos y su posterior desmoronamiento; fue entonces que en medio de la batalla Alejandro montado en su fiel Bucéfalo se dirigió hacia Darío que se encontraba en su carro y rodeado de su guardia personal, a medida que se aproximaba Alejandro, Darío perdía los nervios hasta que huyó abandonando a sus tropas y a su familia.

    Darío siempre pobre de espíritu y mente tuvo una segunda oportunidad de luchar por su imperio y hacer frente a Alejandro Magno, en Tiro, tras seis meses de asedio por parte de las tropas macedonicas, Darío nuevamente presa de sus miedos optó por enviar una propuesta de alianza que fue rechazada por Alejandro, y entonces huyó.

    Nunca se haría realidad un enfrentamiento entre Alejandro y Darío ya que este último, al ser rechazado por sus tropas, fue hecho prisionero por las mismas, y en su traslado con el inminente asedio de Alejandro, a pocos metros de él, los guardias de Darío atravesaron a éste con sus jabalinas y lo dejaron mortalmente herido antes de darse a la fuga. Cuando Alejandro llegó al lugar y vio a aquel hombre sin vida, reconoció que su muerte lo liberaba de su propia fragilidad de alma y se conmovió, ordenó que lo embalsamaran y lo enterraran en Persépolis y se prometió que llevaría a los asesinos ante la justicia.

    Alejandro cambió el curso de la economía, convirtió la moneda en un medio de equilibrar lo que en aquel entonces era el trueque, dado que no siempre era del todo justo además necesitaba una manera práctica y efectiva de remunerar a sus soldados, sin embargo, decidió que las monedas fueran acuñadas no con su imagen como lo habría hecho un personaje víctima de la vanidad, al contrario pidió que se grabaran imágenes o rostros de los dioses griegos.

     Siempre hubo dualidad en su forma de actuar pero considero que existió una razón muy válida: a los ojos de Alejandro Magno lo peor que podía existir era la injusticia, y a diferencia de otros conquistadores no permitía que sus hombres dieran rienda suelta a sus fechorías, excepto en Persia,  dicen algunos que a causa de que los persas mucho antes, habían quemado Atenas y, otros dicen que al ver a sus hombres mutilados, lloró y ordenó que quemaran Persépolis.

    La máxima que siempre acompañó al estratega, era la de unión y la fusión de las culturas que a él le habían fascinado, como la egipcia con sus grandes monumentos y sus dioses, la persa con la prosquinesis que no agradaba a los griegos, la India que Aristóteles había descrito como el extremo oriental de la Tierra, más allá del cual se extendía el océano sin fin que envolvía la mundo.

    Lo que movía a Alejandro no era únicamente su sed inasible de aventura, sino que también sus ansias infinitas de conocer y su deseo constante de descubrir lo desconocido. Ciertamente había llegado más lejos que cualquiera pero fue entonces que tras ocho años de haber sometido a sus tropas a peligrosas y extenuantes empresas, su ánimo empezó a decaer.

     Alejandro estaba ansioso por avanzar hacia el este al encuentro de las costas orientales del océano sin fin, y tras la batalla de Hidaspes determinaron no avanzar mas allá, les llegaron rumores de que tendría que cruzar un río enorme y peor aún, al otro lado se encontraba el enemigo, con enormes elefantes y más visiones que infundieron el temor en una tropa ya desgastada.

    Por primera vez Alejandro fue incapaz de ganarse a sus oficiales, le fue imposible transmitir esa energía que aún era viva en él, ya que sus soldados habían caído en el abismo del desánimo.

    Tras dos días de encierro Alejandro hizo un último esfuerzo al recurrir al presagio, pero la respuesta fue adversa, entonces asumió que había perdido su primera batalla y esta vez no fue el enemigo declarado el que le hizo frente, sino el amigo que había compartido con él sus triunfos: sus propias tropas, a las cuales él tenía en gran estima, fue un duro golpe muy duro para el conquistador.  Ordenó dar media vuelta, pero convirtió aquel potencial desastre en un triunfo, fue la “victoria de su generosidad” decían sus tropas eufóricas.

    Después de 30.000 kilómetros de tierras conquistadas y de haber llorado por la muerte de su mejor amigo Hefestión, el 10 de junio Alejandro Magno falleció.

    Serían sus mejores conquistas la admiración de sus rivales, la lealtad de sus súbditos y el amor que sentían por él todos los que habían estado a su lado, su gran herencia la cultura y, un reino que poco o casi nada duró en unión, como él había soñado y habría querido.

Paola Bustillos

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Eric Fromm

 

     Erich Fromm, psicoanalista, filósofo social y humanista, nació en Frankfurt en 1900 y fue el hijo único de un matrimonio de judíos ortodoxos de clase media no muy bien avenido.  Su padre era un hombre de negocios más bien colérico y con bastantes cambios de humor. Su madre estaba deprimida con frecuencia y su infancia no fue muy feliz. De joven, sus intereses intelectuales eran extraordinariamente variados.

    En su autobiografía habla de dos eventos acontecidos en su adolescencia temprana que le condujeron hacia este camino.

    Cuenta que a los 12 años conoció a una pintora hermosa y atractiva de unos 25 años que casi siempre estaba en compañía de su padre viudo. Un día escuchó la noticia de que el padre había muerto e inmediatamente después ella se había suicidado, dejando un testamento con el deseo de ser enterrada al lado de su padre. A la pregunta inevitable: ¿por qué? encontró algunas respuestas (parciales) en Freud.

    El segundo evento fue la Primera Guerra Mundial, que le sorprendió a los 14 años, donde pudo darse cuenta de hasta dónde podía llegar el nacionalismo y quiso comprender algo irracional (la irracionalidad de las masas) y esta vez halló algunas respuestas en los escritos de Marx. Se reconocía socialista.

    Combinó la formación talmúdica tradicional con el misticismo, la filosofía, el socialismo y el psicoanálisis y lo usó todo en conjunción con el judaísmo conservador. Después de estudiar sociología en Heidelberg, regresó a Frankfurt como editor de un modesto periódico judío y, al cabo de un año, conoció a quien fue su primer analista, Frieda Reichmann, que se convirtió también en su primera mujer.

    En 1927 empezó su formación psicoanalítica en Berlín. El Instituto Psicoanalítico de Berlín era inusitadamente progresista: analistas que no eran médicos ocupaban los puestos de responsabilidad y en él había una clínica psicoanalítica gratuita para pobres. Después de terminar su formación en 1929, Fromm dividió su tiempo entre la práctica del psicoanálisis en Berlín y la colaboración con el Instituto para la Investigación Social de Frankfurt.

    Se mudó a los Estados Unidos en 1934, estableciéndose en la ciudad de Nueva York, donde conocería muchos de los otros grandes pensadores refugiados unidos allí.

    Cerca del final de su carrera se mudó a Ciudad de México para enseñar. Ya había hecho un considerable trabajo de investigación sobre las relaciones entre la clase económica y los tipos de personalidad de allí. Murió en Suiza en 1980.

    Fromm siempre estuvo interesado en tratar de comprender a las personas verdaderamente malévolas de este mundo; no solamente a aquellas que sencillamente eran estúpidas, estaban mal guiadas o enfermas, sino a aquellas con total conciencia de maldad en sus actos: Hitler, Stalin, Charles Manson, Jim Jones, etc., desde los menos hasta los más brutales.

    Se sentía atraído por el budismo zen, algo que no es fácil de encontrar en el psicoanálisis. En la meditación budista encontró “una forma sencilla, no engañosa y no sugestiva de meditación, que tiene el fin de acercarnos a la meta budista: la suspensión de la codicia, el odio y la ignorancia“.

    Sin embargo, no creía en ciertas ideas budistas, como la reencarnación, aunque estaba profundamente impresionado por el núcleo de esta doctrina filosófico-antropológica, particularmente por la demanda de poseer la máxima conciencia respecto de los procesos internos y externos. Se denominaba a sí mismo un “místico ateo”.

FROMM Y EL PSICOANÁLISIS

    Fromm ejerció una “leal oposición” contra  Freud, de la que pondré algunos ejemplos más adelante, (“el pensador creativo sólo puede pensar con las pautas y categorías de su cultura”) e hizo algo que era muy infrecuente para un psicoanalista comprometido: intentó con sinceridad ampliar el horizonte del psicoanálisis mediante la integración de la economía, la filosofía y la antropología, entre otras muchas disciplinas, en contraposición a Freud, que siguió el espíritu de su época, separando completamente la psicología de la filosofía y de la ética.

    En su artículo “Bases filosóficas del psicoanálisis” Fromm se basa en la filosofía del materialismo histórico o materialismo dialéctico estudiado por Marx y Engels para  intentar encontrar las fuentes más profundas de las pasiones humanas en la totalidad de la existencia del hombre y no en algún origen fisiológico en particular, como defendía Freud.

    Dice Fromm en este artículo,  refiriéndose al hombre, que la conciencia de sí mismo, la razón y la imaginación destrozan “la armonía” que caracteriza a la vida animal. Se da cuenta de su impotencia y de las limitaciones de su existencia. Percibe su propio fin: la muerte. Nunca se encuentra libre de la dicotomía de su existencia; no puede deshacerse de su cuerpo mientras esté vivo, y su cuerpo mismo le obliga a querer vivir. El hombre es el único animal que considera su propia existencia un problema, al cual tiene que encontrar solución. La historia bíblica del Paraíso expresa la situación con perfecta claridad. Cuando nace el hombre -tanto la raza humana como el individuo- es lanzado fuera de una situación definida, tan definida como los instintos, hacia una situación que es indefinida, incierta y expuesta. Existe certeza sólo respecto al pasado, y respecto al futuro sólo hay la certeza de la muerte; ésta, en realidad, es un retorno al pasado, al estado inorgánico de la materia.

    El origen de todas las fuerzas psíquicas que impulsan al hombre, de todas las pasiones, afectos y ansiedades, es la necesidad de encontrar soluciones siempre nuevas a las contradicciones de su existencia, formas de unión siempre más altas con la naturaleza, con su semejante, y consigo mismo.

    La constitución física del hombre tiene por resultado la obligación de satisfacer el hambre, la sed, la necesidad de dormir y sus necesidades sexuales. Pero aún cuando todas estas necesidades hayan sido satisfechas él no está satisfecho. Su condición humana le crea necesidades que debe satisfacer, so pena de volverse loco.  Estas necesidades son la de estar relacionado, de estar arraigado, de crear o de destruir, de tener un marco de orientación intelectual (algún sistema unificado dentro del cual puede situarse en el universo) y de tener un sentido de identidad.

    Mantenía que la función del psicoanálisis supera la estrictamente terapéutica y que puede ser un método para alcanzar la liberación interior adquiriendo conciencia de los conflictos reprimidos.

SU OBRA

    Fromm escribió libros accesibles y dirigidos a un público popular, libros que podían servir de fuente de inspiración a los adolescentes, tanto sobre psicoanálisis en sentido estricto como sobre psicoanálisis y marxismo y sobre psicoanálisis y budismo zen.

    Como escritor es reposado e inteligible, pero es tan precavido frente al misterio que nunca se permite una confusión y casi nunca se arriesga a dar una explicación extraña.

    Sus libros más famosos: Por una sociedad sana, El arte de amar y Anatomía de la destructividad humana fueron grandes éxitos de ventas. Sin embargo, en el campo de la teoría y la práctica psicoanalíticas de las diversas escuelas o corrientes psicoanalíticas, hoy no se hace prácticamente ninguna referencia a la obra de Fromm.

    Su extensa obra destaca tanto por su amplitud temática como por ciertas preocupaciones insistentes. Demostró un interés continuado por la idolatría, la naturaleza de la agresión y  la necesidad de reciprocidad.

    Fue un crítico severo de todas las formas de idolatría, puesto que creía que la idolatría era sencillamente un modo de evitar una vida personal. “Marx mostró los conflictos y las fuerzas motrices de la evolución social. Freud atendió al descubrimiento crítico de los conflictos íntimos. Ambos aspiraban a la liberación del hombre. Pero ambas teorías sufrieron el mismo destino: perdieron pronto su cualidad más importante, la del pensamiento crítico y, por tanto, liberador, cuando la mayoría de sus “fieles” partidarios las convirtieron en ideologías, como convirtieron en ídolo a sus creadores

“El principio de todo camino hacia la propia transformación es reconocer cada vez más la realidad y descubrir los engaños que corrompen, hasta hacerla venenosa, aún la doctrina más excelsa”.

CONCIENCIA

    Sostenía que la preparación más importante para el arte del ser es cualquier cosa que nos haga adquirir y aumentar la capacidad de conciencia superior, así como la capacidad de pensamiento crítico, dubitativo, y que ello no es cuestión de inteligencia, edad o instrucción: que es cuestión de lo independiente que se haya llegado a ser de las autoridades irracionales y de los ídolos de toda especie.

    También aconsejó una actitud de profunda desconfianza ante la mayor parte de lo que oímos o leemos, por ser la mayor parte embuste, verdad a medias, o tergiversación de la verdad.

    Fromm observó que las sociedades “desarrollan un sistema, unas categorías, que determinan las formas de conciencia” y que “este sistema funciona, como un filtro condicionado socialmente; la experiencia no puede entrar en la conciencia a menos que pueda penetrar este filtro”.

    Otra observación interesante es la que dice “A menos que pueda analizar los aspectos inconscientes de la sociedad en que vivo, no podré saber quién soy yo, porque no sabré qué parte de mí no es mía”.

    Para Fromm, el propósito del psicoanálisis era hacer accesible la experiencia emocional proscrita socialmente y, con ello, modificar las formas de conciencia. Fromm era radical en extremo en su compromiso para buscar otras alternativas. Sin embargo, nunca llega a ser un analista de la excentricidad porque nunca deja de querer ayudarnos.

    “El examen profundo de lo inconsciente es una manera de descubrir dentro de sí mismo a la humanidad y a cualquier otro hombre. No es un descubrimiento del pensamiento teórico, sino de la experiencia afectiva“.

LA “LEAL OPOSICIÓN” A FREUD

    Fromm reconoce la importancia de los descubrimientos de Freud, pero no siempre comparte con él el origen del conflicto, pues considera a Freud demasiado influenciado por su época y su condición social burguesa.

    Por ejemplo, frente al supuesto fundamental de Freud de que todos los fenómenos irracionales como la necesidad de seguir a una autoridad fuerte, la ambición desmedida, la avaricia, el sadismo y el masoquismo, tienen sus raíces en los avatares de la primera infancia, Fromm contrapone que no sólo el niño es impotente; también lo es el adulto. La impotencia está arraigada en la condición humana. Así, el hombre transforma a una persona, una institución o una idea en un absoluto, esto es, en un ídolo, sometiéndose al cual se crea una apariencia de seguridad.

    También le critica que no percibiese suficientemente que gran parte de lo que es consciente es ficticio y que gran parte de lo inconsciente es verdad, precisamente la verdad que no se permite que llegue a la conciencia y que promueve el funcionamiento y la conservación de esa estructura social particular.

    Una razón por la que debería perdurar el pensamiento de Erich Fromm es que nunca se cansó de formular “estrategias de solución” por su conocimiento de alternativas posibles y por su talento para presentar las que son plausibles. Pero sobre todo, toda su vida se esforzó por trabajar consigo mismo para librarse de fijaciones, represiones y proyecciones. Se vivió a sí mismo como una manifestación de su sociedad y comprendió que para cambiarla debía comenzar por eliminar esos defectos de su propio ser.

Rocío Juan Ruiz

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Epicuro y la vida feliz

 

        Epicuro de Atenas no fue el primer filósofo al que le preocupó el tema de la felicidad. Pero sí es uno de los pocos filósofos que ha enseñado de forma práctica cómo alcanzar la verdadera felicidad.

        Nació en el 341 a.C. en la isla de Samos, donde había emigrado su familia proveniente de Atenas y donde él se educó. Cuentan que cómo su maestro de retórica no supo responderle a cuál era la causa del Caos del que hablaban las obras de Homero y Hesíodo, abandonó los estudios literarios para dedicarse a la filosofía y así poder obtener respuestas a sus preguntas. A los 18 años viaja a Atenas para cumplir con el servicio militar que duraba dos años. Viajó luego a la isla de Colofón y entre sus viajes pudo recibir clases de los más insignes filósofos platónicos y de los discípulos de Demócrito. Es en esta isla que comienza a tener forma su propia filosofía que se basaba en que los hombres vuelvan a tener confianza en los hombres.

        Bien pronto se despierta en él su vocación pedagógica y junto con su hermano abren una escuela. El mismo Epicuro era el Jefe de la comunidad. Los discípulos podían ser hombres o mujeres, jóvenes o ancianos, incluso se admitían niños, pero no todos eran residentes. Los residentes adultos se llamaban compañeros-estudiantes de la filosofía; las clases elementales se sucedían durante todo el día en cualquier rincón disponible del Jardín. Todos los adscritos al movimiento juraban previamente: “Seré leal a Epicuro con quien yo he escogido vivir”. Su economía era de ayuda mutua. Epicuro era enemigo de imponer cualquier clase de contribución que pudiera destruir el principio de voluntariedad. Los miembros aportaban lo que tenían o podían, y el sistema, o según se mire, la ausencia del mismo, parece que dio resultado.

        Epicuro fue siempre un filósofo de conducta intachable, sencillo en sus costumbres y de carácter afable y paciente. En el Jardín, jamás se llevó un tipo de vida semejante a lo que hoy puede entenderse por “epicúrea”; por el contrario, se vivía muy humildemente, en base a los aportes de los miembros acomodados.

        Para alcanzar la felicidad, que es el objetivo de la Filosofía, es necesario poseer algunas ideas y meditar sobre ellas con frecuencia. La primera es la creencia en la inmortalidad y en Dios. En segundo  lugar, es necesario superar el miedo a la muerte. Para que la vida nos resulte agradable necesitamos salud física y equilibrio espiritual, siendo ésta última la condición más importante. Respecto al dolor y a la enfermedad, podemos fortalecernos en la lucha contra ellas por medio de la reflexión. Todo placer es bueno, pero esto no quiere decir que se deban desear todos. Por lo general, lo que es necesario es fácil de alcanzar, y lo inútil suele resultar costoso. Acostúmbrate a una vida moderada y disfrutarás de perfecta salud.

        Lo que entendemos por vida placentera es la liberación de dolor en el cuerpo y de la angustia en el espíritu. Esto se consigue con el uso de la razón, por una paciente búsqueda de los motivos que nos impulsan a elegir o rechazar, y zafándonos de las falsas opiniones que sólo sirven para turbar nuestra paz de espíritu.

        Existe el placer de la perfección de la propia naturaleza humana, es un placer que dura muchísimo más y a la vez nos torna mejores.

Francisco J. Capacete

       

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Galieo Galiei

 

    Siempre he admirado a esos personajes que, aunque no tengan medios, o simplemente casi en la clandestinidad, han sido fieles a sus principios a pesar de las adversidades, y han legado a la humanidad el esfuerzo de toda una vida de investigación. Uno de esos personajes fue Galileo Galilei, un astrónomo y físico italiano que vivió entre los siglos XVI y XVII. Él defendió que la Tierra giraba alrededor del Sol, contradiciendo a la Santa Inquisición que proclamaba que la Tierra era el centro del Universo. Se negó a obedecer sus órdenes y fue condenado a cadena perpetua, aunque al final la condena se quedó en un arresto domiciliario bajo la vigilancia de un arzobispo. Junto con Kepler, comenzó la revolución científica que culminó con la obra de Isaac Newton. Su principal contribución a la Astronomía fue el uso del telescopio, y en el campo de la Física descubrió las leyes que rigen la caída de los cuerpos y el movimiento de los proyectiles. 

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    Galileo fue el padre de la Física moderna. Su libro “Dos nuevas ciencias”, en el que estableció las leyes del movimiento acelerado que rigen la caída de los cuerpos, representó una contribución tan grande a la Física, que se anticipó a las leyes del movimiento de Newton. Estas dos nuevas ciencias en las que se concentra Galileo son la Ingeniería y la Cinemática, una rama de las Matemáticas.

    Imaginad en aquella época, fines del siglo XVI, con qué elementos trabajaba Galileo para poder sacar las conclusiones de sus experimentos. Pero ya sabemos que lo que le caracterizaba era su fuerza de voluntad, su insuperable dedicación para hacer las cosas bien y buscar siempre la verdad. De esta manera, a pesar de las dificultades y carencias en las que se encontraba, no dio su brazo a torcer y siguió adelante con las investigaciones y observaciones astronómicas para llegar a las conclusiones que llegó, y a descubrir esas leyes físicas de la Naturaleza.

    En el año 1609, la vida y los intereses de Galileo cambiaron bruscamente. Llegó a sus oídos que un holandés de nombre Hans Lipperhey, estaba intentando patentar sin éxito un tubo óptico que aumentaba el tamaño de las cosas lejanas, haciéndolas parecer más próximas. Viendo la utilidad que podría llegar a tener para la República veneciana, que era la que le pagaba el sueldo de matemático, recopiló toda la información posible y construyó uno en su taller, tres veces más potente que el aparato de Lipperhey, y en ese año llego a conseguir un telescopio de fuerza treinta. A toda prisa le escribió al Duque de Venecia: “Este anteojo permitirá ver las embarcaciones del enemigo dos horas o más antes de que él nos descubra a nosotros”. Y como agradecimiento le doblaron el sueldo, pero el quería regresar a Florencia, aunque necesitaba el dinero, así que espero un poco antes de aceptar.

    Además, Galileo se pasó toda su vida inventando o mejorando aparatos que hacían cosas interesantes y prácticas, como la balanza hidrostática para la determinación de pesos específicos, una máquina para elevar agua, un reloj astronómico y algunos otros mecanismos de aplicación militar. Al mismo tiempo, estaba escribiendo un libro sobre sus investigaciones mecánicas. Buscaba en nuestro mundo imperfecto el orden matemático que los pitagóricos habían descubierto en el movimiento de los astros. Y lo encontró, midiendo, observando sólo aquellas propiedades que se pudiesen describir con números. Medía una y otra vez, hasta encontrar aquello que se podía expresar con fórmulas matemáticas. Era una nueva forma de interpretar el mundo, mirarlo como un libro escrito en lenguaje matemático. Así estableció la ley del péndulo, el tiro parabólico, el concepto de inercia, la caída de los cuerpos, todo lo que en un futuro constituiría la Física. Pero antes de acabar su libro, el telescopio se cruzó en su camino.

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    Hasta entonces toda la astronomía se basaba en lo que podía observarse a simple vista, así que Galileo dirigió el telescopio al cielo y súbitamente el número de estrellas se multiplicó por diez, y vio que la Vía Láctea son cúmulos de estrellitas esparcidas. La Luna ya no pareció un disco perfectamente liso, con sus valles y montañas. Los astros dejaron de ser esferas perfectamente pulidas. También vio que el Sol tenía manchas oscuras, que Venus mostraba fases como las de la Luna, y eso implicaba que giraba alrededor del Sol. Pero lo más asombroso fue descubrir cuatro nuevas estrellas errantes próximas a Júpiter. Las veía moverse de un lado a otro del planeta, y a veces hasta llegaban a desaparecer tras él. Sólo había una explicación: giraban alrededor de Júpiter, como la Luna alrededor de la Tierra, y le acompañaban en su traslación alrededor del Sol. Entonces, ¿cómo explicarían esto los partidarios del geocentrismo, que defendían que todos los cuerpos giraban exclusivamente alrededor de la Tierra? Era un apoyo inesperado a la doctrina copernicana de que la Tierra y los demás planetas giraban alrededor del Sol.

    Pero con el paso del tiempo, aún en nuestro inconsciente colectivo, la teoría geocéntrica de Ptolomeo sigue siendo poderosa. Todos sabemos que la Tierra se mueve, que rota y se traslada y que el Sol es un “astro fijo”… Y aún seguimos diciendo que el Sol se levanta y que el Sol se acuesta. Los sentidos nos indican que estamos sobre una materia firme y en reposo. Nada indica que la Tierra se mueva. De ahí la persistencia en pensar aún como ptolemaicos. La Inquisición marcaba de cerca cualquier cambio científico que hiciera temblar los cimientos de su doctrina, y además la Iglesia aceptó el modelo de Ptolomeo como que la Tierra era el centro del Universo, porque así mantendrían sometido al pueblo con la idea de que eran el centro de la creación. Dios nos puso las estrellas en el cielo como simples luminarias para alumbrarnos en la vida, ¿cómo iban a ser los hombres una simple pieza de un orden natural y no los dueños de la Naturaleza, ni el centro alrededor del cual se ordena toda ella? La Santa Ignorancia seguía viendo herejías donde simplemente había verdad comprobada.

    Ese mismo año, en 1610, Galileo presentó un trabajo en el que explicaba sus descubrimientos, que le situaron al frente de la Astronomía contemporánea. Ya no podía seguir enseñando las teorías aristotélicas y se fue a Florencia a trabajar como matemático y filósofo en la corte del gran duque de Toscana. Al librarse de las obligaciones de la enseñanza, Galileo pudo dedicarse por completo al telescopio.

    La Iglesia católica romana apreció y elogió los descubrimientos de Galileo, pero no estaba de acuerdo con la interpretación que les daba. Mientras siguieran siendo una hipótesis, no tenía ningún problema en que siguiera investigando. Pero en 1613, Galileo publicó un trabajo en el que defendía, por vez primera en letra impresa, el sistema copernicano de un universo heliocéntrico. El trabajo fue inmediatamente atacado, y Galileo denunciado ante la Inquisición.

    Galileo fue obligado a retractarse y abjurar públicamente de sus  creencias. De rodillas y con las manos sobre la Biblia, negó todo a lo que le habían llevado sus investigaciones. Pero al levantarse, susurró en voz baja: “Eppur si muove” (Y, sin embargo, se mueve). Esta frase representaba un desafío al oscurantismo y una determinación de buscar la verdad aún en las circunstancias más adversas. Galileo sólo cedió verbalmente a las exigencias de la Iglesia, para retomar después nuevamente sus estudios. Después de todo, lo que había llevado a Galileo ante la Inquisición fue la publicación de su trabajo: “Los dos máximos sistemas del mundo”, un ataque directo a ese edicto eclesiástico de 1616 que prohibía enseñar la teoría copernicana de la Tierra en movimiento alrededor del Sol.

    Galileo murió ciego el 8 de enero de 1642 y se convirtió en el símbolo de la lucha contra la autoridad y de la libertad en la investigación. En 1979, más de 300 años después de su muerte, y conociendo el Universo como lo conocemos ahora, el papa Juan Pablo II reconoció que la Iglesia católica romana “podría” haberse equivocado al condenar a Galileo, y nombró una comisión específica para reabrir el caso. Cuatro años más tarde, la comisión concluyó que Galileo no debería haber sido condenado, y la Iglesia publicó todos los documentos de su juicio. Como siempre, el hombre llega tarde a resolver las cosas que la justicia natural habría puesto en su lugar, ya que ésta se rige por el sentido común y el deber.

Marcelo Pena

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