¿QUÉ ES LA M Í S T I C A?

Un acto místico es toda acción realizada con buena voluntad y eficacia. Buena voluntad sería el gobierno del alma para conseguir un fin bueno y por eficacia se entiende el llegar a conseguirlo.

Muchos no conciben que el místico deba tener una acción práctica en el mundo. Suele creerse que el místico debe retirarse del mundo y dedicarse a la contemplación, cuando no es así. Esta concepción errónea o desvirtuada no es casual, pues es resultado del egoísmo. Egoísta es el que “antepone en todos los casos su propia conveniencia a la de los demás, que sacrifica el bienestar de otros al suyo propio o reserva sólo para él el disfrute de las cosas buenas que están a su alcance “. El egoísmo se manifiesta en egocentrismo. Egocéntrico es “quien se refiere a sí mismo todo lo que ocurre y pone su propia persona en primer lugar en lo que dice, en los asuntos en que interviene o en las reuniones en que toma parte”.

Así, una trampa en la que se cae frecuentemente es en la idea de apartarse de nuestros semejantes y de no participar activamente en el mundo, para así “salvar” la propia alma. Aunque la dedicación de atención plena a uno mismo es útil y, en ocasiones, necesaria, la retirada del mundo debería ser más bien corta y tener como finalidad retornar más completo.

Krishna en el Bhagavad Gita dice: “no se llega a conseguir la libertad para la acción absteniéndose de la acción”. San Juan de la Cruz afirmaba: “Cuánto más está en la visión de Dios una obra o acto de la voluntad realizado con caridad, que todas las visiones o comunicaciones que puedan recibirse de los cielos”. La tradición hebrea también rechaza el alejamiento del mundo. Rabi Nahman de Bratislava decía: “si el hombre santo busca sólo a Dios y no atiende a las multitudes, descenderá en la escala de la perfección, por muy alto que sea el peldaño que haya podido alcanzar

CARACTERÍSTICAS PRINCIPALES DE LOS MÍSTICOS

Las dos características principales de los místicos son un alto nivel de eficacia en las acciones que realizan y la serenidad. También la buena relación con sus semejantes, entusiasmo, paz y alegría. Además, independientemente del tiempo y cultura en que hayan podido vivir, hay un casi total acuerdo sobre los temas fundamentales —la naturaleza del hombre y el universo, las normas éticas de la vida y cuestiones similares—. Así, sus fines, doctrinas y métodos han sido esencialmente los mismos. No tienen necesidad de identificarse con razas o nacionalidades, ni de tener enemigos a los que odiar.

IDENTIFICACIÓN DEL PROBLEMA

Nuestro problema es que, ya sea por supervivencia, por el empuje de la vida moderna, o simplemente por la entropía a que está sometido todo lo manifestado, hemos reprimido la parte superior de nuestro ser y el precio que pagamos es la pérdida de la alegría y el entusiasmo.  Esa parte reprimida es la que nos permite saber que cada uno somos una parte de los demás y una parte del  Cosmos. El místico se consagra  a cultivar esa parte superior, no sin un duro y arduo aprendizaje.

El místico busca reencontrar el conocimiento perdido que alguna vez tuvo y una determinada forma de ser que es la única natural del hombre.

Se puede aprender de muchas personas. No hay un único camino válido para crecer y evolucionar. Hay muchas sendas, tantas como personas, que conforman el Camino del Destino humano. Pero ir de escuela en escuela, o de gurú en gurú, sólo indica que nos resistimos a  la larga disciplina que implica el crecimiento interior.

Para concluir, ya provengan del Zen, del yoga, del sufismo, del misticismo cristiano, judío, hindú, etc. los místicos de todo el mundo tienen dos resultados comunes: son muy eficaces en la vida cotidiana y perciben la realidad de una manera diferente a como los demás estamos acostumbrados.

Y porque todos buscamos percibir la realidad de una manera diferente, podemos caer en otra trampa: la de las drogas. Walter Houston, un psiquiatra estudioso de las religiones y de los efectos de los alucinógenos, afirma: “las drogas pueden abrir una puerta, pero no nos proporcionan una morada en la que vivir”. Efectivamente, un viaje de LSD realmente aceptable puede elevarnos a las alturas de la montaña desde la que contemplar la tierra prometida por la que luchamos. Pero esa elevación se ha producido de una manera ficticia: por un proceso químico, sin que exista un desarrollo personal, y querer mantener esa experiencia mediante las drogas sólo nos llevará a la destrucción física y moral.

Entonces, la elección necesaria es descender a la base y afrontar la larga y difícil tarea de atravesar el desierto para llegar hasta las alturas de la montaña.

Rocío Juan