Los caballeros Templarios

    La historia de la humanidad es pródiga en acontecimientos asombrosos. Nada más gratificante que recorrer con la atención las páginas de ese gran libro que hemos escrito todos los seres humanos.

    Uno de los capítulos del Gran Libro es el que aconteció hace unos ocho siglos. Un grupo de caballeros decidieron ir a Tierra Santa para proteger a los cristianos que acudían en peregrinación a Jerusalén. Nueve caballeros decidieron enfrentar a miles de enemigos. Por su valor, disciplina y elevados principios morales, se les bautizó como los Caballeros del Templo.

    De los primeros caballeros, Hugo de Payns – fue el primer Gran Amo de la Orden- y Godofredo de Saint Omer, nace la idea de formar a los caballeros formalmente como una orden en 1119 y tomaron el nombre de Orden de los pobres Caballeros de Cristo, pero fueron conocidos mas popularmente como Los Caballeros del Templo de Salomón o Los Caballeros Templarios.

    La orden obtuvo de Honorio II la aprobación papal y adoptaron el hábito blanco de los cistercienses al que añadieron la cruz encarnada. La Orden fue reconocida formalmente por la Iglesia en el Concilio de Troyes en 1128, y San Bernardo de Claraval, el clérigo más influyente de la época, redactó los reglamentos por la que ellos se debían regir. San Bernardo tomó la causa del Templarios con entusiasmo:

         “Ha aparecido una nueva caballería en la tierra de la Encarnación. Es nueva y aún no ha sido probada en el mundo, en el que desarrolla un doble combate, tanto contra sus adversarios de carne y de sangre, como contra el espíritu del mal. Y no me parece maravilloso el que esos caballeros resistan por la fuerza de sus cuerpos a sus enemigos corporales. Pero a que combatan con la fuerza del espíritu contra los vicios y los demonios, yo lo llamaría no sólo maravilloso, sino digno de todas las alabanzas debidas a los religiosos”.

    La Orden Templaria estaba encabezada por un gran maestre (con rango de príncipe), por debajo del cual existían cinco rangos: caballeros, sargentos y escuderos, sacerdotes y artesanos o hermanos de oficio. Los primeros llevaban la característica vestimenta de la Orden. Eran muy disciplinados y causaban admiración por su porte y conducta. Indicaba la Regla de la Orden que “Todo hermano debe esforzarse en vivir honestamente y en dar buen ejemplo a los seglares y a otros conventos, en todas las cosas, de tal forma que quienes les vean no puedan observar nada malo en su comportamiento, ni en su forma de cabalgar, caminar, beber, comer o mirar, ni en cualquiera de sus actos ni en ninguna de sus obras”.

         Pero si en algo se caracterizaban los templarios fue en su elevado número de donaciones y limosnas dadas a los necesitados. Las encomiendas, verdadera fortalezas donde vivían, eran comedores sociales, donde los pobres encontraban un plato de comida todos los días.

    El rey aragonés Alfonso I el batallador dejó su reino a las órdenes militares, entre ellas la templaria, que renunciaron a éste a cambio de numerosas ventajas. Además, con el fin de salvaguardar los ahorros de los peregrinos, desarrollaron un sistema bancario basado en garantías (similares a los cheques de viaje actuales), que se podían intercambiar por la cantidad indicada en cualquier encomienda templaria. Así se evitaba el riesgo de sufrir un atraco por las numerosas bandas que infestaban los caminos. Este sistema bancario, y sus abundantes riquezas convirtieron a la orden en un gran prestamista, que aportaba los fondos cuando los diversos reyes europeos necesitaban dinero. Los templarios llegarían a ser una de las instituciones más ricas de su época, contando con vastas tierras y señoríos, numerosas ventajas comerciales, grandes tesoros, flotas comerciales que partían desde Marsella. Se convirtieron gradualmente en los banqueros de gran parte de la nobleza y monarquías de Europa. Además gozaban de extraterritorialidad dentro de sus recintos; eran un estado dentro de los estados de la época.

    En la base de la organización y hasta en la misma regla aparece el emparejamiento de los hermanos, que salen de dos en dos y que comen de dos en dos en la misma escudilla. El sello templario por excelencia recoge esta forma de organización.

    Felipe IV de Francia, el Hermoso, ante las deudas que su país había adquirido con ellos, tras un préstamo solicitado por su abuelo Luis IX para pagar su rescate tras ser capturado en la Quinta Cruzada, y su deseo de un estado fuerte, con el rey concentrando todo el poder (que entre otros obstáculos, debía superar el poder de la Iglesia y las diversas órdenes religiosas como los templarios), convenció al Papa Clemente V, fuertemente ligado a Francia, de que iniciase un proceso contra los templarios, acusándolos de sacrilegio a la cruz, herejía, sodomía y adoración a ídolos paganos (se les acusó de escupir sobre la cruz, renegar de Cristo a través de la práctica de ritos heréticos, de adorar a una cabeza barbuda de nombre Baphomet y de tener contacto homosexual, entre otras cosas). En 1307 el Rey Felipe IV y su canciller, Guillermo de Nogaret, acusaron a los templarios de herejía y abolieron la Orden. Todos los templarios franceses, incluido el gran maestre Jacques de Molay, fueron arrestados (sólo trece escaparon) y se les interrogó bajo tortura o la amenaza de tortura. En 1312 el Papa Clemente V estaba de acuerdo en emitir una bula papal que suprimiese la Orden y sus miembros fueron quemados en la hoguera. El Papa pidió que las propiedades de los templarios fueran dadas a los Hospitalarios pero aunque esto se hizo en Alemania, en Francia e Inglaterra, la mayoría fueron para la Corona. En España y Portugal los templarios pasaron a otras órdenes para salvar la vida y continuar con su vocación.

    En España los templarios tuvieron también mucha influencia. La ciudad de Tortosa fue entregada a los templarios en recompensa de la ayuda dada a pedro II. La educación del rey Jaume I fue encomendada a Guillermo de Montredón, maestre templario de Aragón. Fue este caballero quien le inculcó los principios esenciales de su personalidad moral y de los ideales de religiosidad, lealtad y fidelidad. Los templarios acompañaron a Jaume I en la reconquista de Mallorca. Eran considerados como tropas de élite. El rey fue manifiestamente generoso durante todo su reinado con la Orden del Temple.

    Han llegado a nuestros días la descripción de la ceremonia de ingreso de los caballeros. En primer lugar se reunía el capítulo de la encomienda en la capilla. Allí el comendador preguntaba a los miembros si alguien se oponía a la recepción del aspirante, y en caso de no haber ningún tipo de oposición manda a buscarlo. Un par de caballeros veteranos, tratando de desanimarle, le insistían sobre la dureza de la disciplina y las fatigas que tendrá que sufrir. Si persistía en su deseo de ingresar en la Orden, el comendador y el aspirante cruzaban palabras de petición y recibimiento.

    El Temple tuvo, al decir de algunos historiadores, una misión civilizadora: alimentar a los hombres, protegerles, desarrollar la economía y sus relaciones y construirle el instrumento de evolución espiritual sin el cual, el ser humano está en peligro de ser tan sólo una máquina cruel y devastadora. Porque aquellos hombres que eran algo así como los quijotes de cristo por la desmesura de sus sueños, conservaban el espíritu práctico: supieron ser al mismo tiempo organizadores sin par y místicos guerreros en pos de un mundo mejor.

    Como si fueran la encarnación de las historias indias del Bhagavad Gîta, los templarios llegaron a ser verdaderos místicos-guerreros.

Francisco Capacete

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