Cuentos Zen

Un cuenco sobre el vacio

    Ikkyu era entonces un joven monje en un templo Zen en el que vivía también su hermano; un día, este ultimo dejó caer un cuenco utilizado en la ceremonia del té. El superior del templo escuchó el ruido y dijo:

¿Qué has hecho desgraciado? ¿No sabes que era un regalo del Emperador? ¡Pagarás por ello!

    Pero Ikkyu le dijo que no se inquietara:

– Tengo sabiduría puedo encontrar una solución-

    Reunió los trozos de cerámica, los puso en las mangas de su kimono y se fue a descansar en el jardín del  templo, esperando tranquilamente a que el maestro volviera. En el momento en que le vio, fue a su encuentro.

– Maestro, ¿los hombres nacidos en este mundo mueren o no mueren?

– Sin lugar a dudas mueren- respondió el Maestro- El mismo Buda murió.

Comprendo – dijo Ikkyu -, pero en lo que concierne a las demás existencias, los minerales o los objetos ¿están destinados a morir?

– Desde luego – respondió el Maestro – Todas las cosas que tienen forma deben morir necesariamente, cuando les llega el momento.

– Comprendo –dijo Ikkyu – En suma, como todo es perecedero, no se debería lamentar lo que ya no es, ni enfadarse contra el destino…

– ¡No, desde luego! ¿Adónde quieres llegar? – preguntó el Maestro -.

    Entonces Ikkyu sacó de las mangas de su kimono los restos del cuenco y se los presentó a su Maestro. Este se quedó con la boca abierta.