ene 10
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Un cuenco sobre el vacio
Ikkyu era entonces un joven monje en un templo Zen en el que vivía también su hermano; un día, este ultimo dejó caer un cuenco utilizado en la ceremonia del té. El superior del templo escuchó el ruido y dijo:
- ¿Qué has hecho desgraciado? ¿No sabes que era un regalo del Emperador? ¡Pagarás por ello!
Pero Ikkyu le dijo que no se inquietara:
- Tengo sabiduría puedo encontrar una solución-
Reunió los trozos de cerámica, los puso en las mangas de su kimono y se fue a descansar en el jardín del templo, esperando tranquilamente a que el maestro volviera. En el momento en que le vio, fue a su encuentro.
- Maestro, ¿los hombres nacidos en este mundo mueren o no mueren?
- Sin lugar a dudas mueren- respondió el Maestro- El mismo Buda murió.
- Comprendo – dijo Ikkyu -, pero en lo que concierne a las demás existencias, los minerales o los objetos ¿están destinados a morir?
- Desde luego - respondió el Maestro - Todas las cosas que tienen forma deben morir necesariamente, cuando les llega el momento.
- Comprendo -dijo Ikkyu - En suma, como todo es perecedero, no se debería lamentar lo que ya no es, ni enfadarse contra el destino…
- ¡No, desde luego! ¿Adónde quieres llegar? - preguntó el Maestro -.
Entonces Ikkyu sacó de las mangas de su kimono los restos del cuenco y se los presentó a su Maestro. Este se quedó con la boca abierta.
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