Paracelso Vida y Obra

        Era un diez de noviembre de 1493 cuando al subir la cuesta que llevaba a su casa, la Ermita de Einsiedeln, un hombre con aspecto de haber bebido demasiado se interpuso en el camino del doctor Hohenheim para contarle noticias a cerca de un barco llegado de América cargado con oro y otras mercancías, tan peculiares, como unos indígenas desnudos. El doctor se lo sacó de encima tan bien como supo y continuó con firmeza e inquietud su camino; pocas horas más tarde nació Philippus Teophrastus, bajo la influencia del signo de escorpión y, sobretodo, bajo la influencia de su familia y de las circunstancias sociales de la época.

        Su padre, Wilhem von Hohenheim, era descendiente ilegítimo de una familia noble de caballleros, los  Bombaste, lo cual le ocasionaría suficientes injusticias para que le quedaran grabadas, no sólo al padre, sino también al mismo hijo. Pero al mismo tiempo este hecho les movió a desconfiar de las cosas que no dependían de ellos, como títulos y fama, e impulsó a atesorar conocimientos y a formarse a sí mismos a lo largo de toda su vida.

        Su madre era Els Oher, hija de un servidor del templo que le transmitió su fe en Dios y su condición de tener los pies en la tierra. Fue sin duda su padre, médico entregado a la profesión, el primer maestro de Teophrasto. De él aprendió no sólo los primeros conocimientos de la Ciencia Médica, sino el espíritu de sacrificio y entrega a los enfermos. No fueron pocas las noches que pasó de niño esperando a que su padre volviera de hacer visitas a enfermos cumpliendo su oficio de médico de la zona.

        La admiración que sentían era mutua, pues el padre siempre le vio como a una criatura peculiar, con cuerpo de niño, pero inteligencia de hombre y por eso no tardó en transmitirle lo que él sabía de lo que les rodeaba y a llevarlo con él donde fuera. El entorno en el que se movían, valles y montañas de gran belleza, propició un contacto muy íntimo con la Naturaleza, al tiempo que un profundo conocimiento de la misma. El doctor Hohenheim le iba enseñando desde muy pequeño las hierbas que le eran útiles para tal o cual enfermedad, donde hallarlas y como prepararlas. Sin embargo, al joven Paracelso, como más tarde él mismo se autonombraría, no le era suficiente este concepto de la Medicina, él quería ir más allá, quería llegar primero a las causas que provocaban las enfermedades y después a los remedios que las salvaran. Así se cuenta que una vez que acompañó a su padre a curar un minero, observó que todos los mineros en realidad tenían aspecto enfermizo, por lo que preguntó al más anciano por la causa de ello, y éste le dijo que era el polvo que respiraban  todo el día de las calderas. El niño empezó a imaginar que una piedra se estaba formando en sus pulmones y escandalizado dijo: «Cuando sea médico me esforzaré por salvar a estos trabajadores de la fatalidad que los mata prematuramente.»

        Tal vez fue la muerte de su madre cuando él era aún muy joven, tenía 9 años, junto con el espíritu crítico hacia todo lo que les rodeaba, especialmente en el mundo de la Medicina, lo que les movió a él y a su padre a mudarse de residencia. Vivió en Carintia una temporada, pero fue sólo el comienzo de un continuo peregrinaje que le llevó hasta casi sus últimos años de vida.

        En Tirol aprendió Alquimia de la mano de Sigmund Füger. Además de en la Universidad de Viena estuvo en otras por Italia dónde se formó en Ciencias Naturales y Medicina, hasta que en 1515 obtuvo el birrete de doctor, en Ferrara, y se supone que fue en ese momento cuando se atribuyó el sobrenombre de Paracelso. También conoció a otros grandes maestros de su época como el obispo Eberhard Baumgartner y el abad Johannes Heidenberg o Tritemio, quien le marcó para toda su vida y le orientó en sus investigaciones de las fuerzas misteriosas de lo invisible.

        Como es de suponer un personaje así se creaba enemigos a la par que discípulos; los médicos de su época lo rechazaban y tildaban de brujo y basto, e hicieron no poco para  intentar mantenerlo apartado de la vida social, pero él siempre se sintió libre incluso para llamarles «miradores de orina», aún a los más prestigiosos e influyentes profesionales del momento. 

        Aprender y ayudar era su lema, su motor, se asesoró tanto por gente culta como por conocedores de sabiduría popular. Curó a reyes y a campesinos, a todos se entregó con amor e inteligencia y, con este espíritu, se desplazó por España, Portugal, Francia, Inglaterra, Alemania, Suiza, Moscú, y volvió a través de Polonia, Austria, Hungría, hasta llegar a Alejandría. Tomó parte como médico en las guerras de Venecia, Países Bajos y Dinamarca, al tiempo que saciaba su sed de saber en las universidades de Oxford, Colonia, Viena.

        Y todo ello combinado con una fe en Dios y en Jesucristo que asombra en nuestros días. Siempre se autoproclamó «llamado por Dios para ejercer la Medicina», convirtiéndose su labor en una especie de meditación entre Dios y el enfermo, para Paracelso ser médico significa haber recibido un encargo de Dios y ejercerlo por orden suya, o de otro  modo fracasar. Esta filosofía no suponía para él ninguna contradicción, pues hacía una interpretación propia de los Evangelios, o cabría decir que los tomaba más en serio que la misma Iglesia. A ésta no dudaba en fustigarle sus tendencias rígidas y estrechas; «la fe sin obras está muerta», repite una y otra vez. Según él, «el Evangelio originario sólo conoce amor, piedad, pobreza y  humildad».

       En 1526 recibe un encargo docente como Ordinario en la Universidad de Basilea, donde se relaciona con gente de prestigio, entre otros  Erasmo de Rotterdam, y en este tiempo no tiene que preocuparse por las necesidades cotidianas, lo que le permite volcarse a la dedicación de doctor a la vez que enseña y forma discípulos. 

        Pero todo en él es revolucionario, no puede enseñar sus teorías sin rebatir las ya establecidas y su lengua es tan afilada como para pronunciar unas palabras así: «Me parece obligado devolver la Medicina a su estado originario y digno de elogio y, junto con los intentos de depuración de las heces de los bárbaros a los que algunos se dedican, depurarla de los errores más graves».

        Al mismo tiempo prepara conferencias con temas médicos que ocultan ideas e instrucciones nuevas, en muchos aspectos revolucionarias. Aún no siendo un gran orador, su fuerza interior es como un fuego que le impulsa mágicamente y responde a los ataques de sus contemporáneos con más insolencia y arrogancia a medida que progresan los insultos, lo que se ve claramente en el prólogo de «PARAGRANUM» donde arremete contra Avicena, Galeno y un sinfín de personalidades y universidades.

        Conocedor de una orden de arresto en su contra, vuelve a «apatriar» la carretera y empieza a vivir como un sin techo a veces hospedado de amigos en una ciudad, a veces expulsado de otros. Vive temporadas en las montañas, después baja a los valles y, a medida que su brillo exterior se va apagando, crece en él su luz interior; vive en un profundo anacoretismo y escribe más de 100 tratados de metafísica teosófica. Si en su juventud su sed de conocimiento le llevó a observar la Tierra, a los 38 años vuelve su mirada al más allá, percibiendo su existencia como algo pasajero, como un período de prueba y examen.

        «Una y otra vez despachado con desprecio, porque grande es el montón de quienes se alzan contra mi, pero pequeño su entendimiento y su arte».

        Huyendo se traslada a Austria, donde ansía encontrar paz y descanso, pero pronto su estancia se vuelve a hacer insoportable en Viena por el acecho de sus enemigos; de nuevo peregrina a Carintia y en 1538 sabe que su padre lleva ya 4 años muerto. Con él con 44 se entrega total y absolutamente a su labor, como haciendo un último esfuerzo y a la vez, como despidiéndose del paisaje que de joven acarició. Cabalga para ir a curar enfermos y no parece estar falto de energía vital, aunque cuentan por los retratos que de él se tienen de esta época, que su rostro transmite dolor, cansancio y hastío por el continuo desgaste que su pasión y la de sus enemigos le ha ido consumiendo. En este tiempo escribe sus «DEFENSIONES», en las cuales se defiende no sólo ante «el fracaso que lentamente le asfixia», como el mismo dice, sino que también hace un balance de toda su vida, llena de altibajos por fuera, pero siempre  ascendente en su evolución interior.

        Los tres últimos años de su vida son algo inciertos, pero desde 1540 en agosto vuelve a estar en Salzburgo requerido por el príncipe arzobispo Ernst von Bayern. Estuvo en el hospital de San Esteban, si bien cuando vio que la muerte ya le era inminente, alquiló una habitación en la Posada del Caballo Blanco que le hizo de alcoba y oficina testamentaria, y allí la esperó «como fin de su laboriosa jornada y verdadera cosecha de Dios», en palabras suyas. Las causas que le llevaron a una muerte tan prematura van desde una atrofia renal, a un cáncer de hígado, o a un envenenamiento por parte de los médicos de Salzburgo, mediante matones a sueldo, pues todos eran enemigos suyos. 

        Era un 24 de septiembre de 1541, tres días antes con «razón, sentidos y ánimo sincero hace heredera universal a la gente pobre, mísera y necesitada, que no tiene otra tutela ni beneficio».

         Resultaría muy extenso enumerar todas las obras que escribió Paracelso y aún más comentarlas, puesto que significaría haberlas leído y entendido, sin embargo y a modo de pinceladas se puede decir que este genio de la vida escribió sobre Medicina, Astronomía, Filosofía, Religión, Farmacia, Botánica, Nigromancia…

         En los comienzos su tema era fundamentalmente el médico-quirúrgico y decía que había cinco tipos de enfermedades que tenían causas visibles o invisibles y que a su vez proporcionaban o requerían cinco tipos de tratamientos, cada uno de los cuales podía ser perfecto y completo. 

        Según obrara bien un tratamiento u otro, encontraríamos la causa u origen de dicha enfermedad, con lo cual el buen criterio y la meditación al respecto del médico, sería de máxima importancia. 

        Paracelso habla de la MEDICINA NATURAL, que está en consonancia con la naturaleza de las plantas y de la cual se desprenden conceptos como frío-calor, sequedad-humedad, inanición-aumento en la ingestión de comida, exceso-ayuno, etc…Son de esta rama o secta en su caso, pues no observaban otra especialidad, Avicena, Galeno, Rasis… 

        De la MEDICINA ESPECÍFICA, en la cual todos los males y sus tratamientos se administran a través de fuerzas y afinidades específicas. A esta secta perteneces los empíricos que recetan purgantes de acción parecida a fuerzas antinaturales. 

        De la MEDICINA CARACTERIOLÓGICA o CABALÍSTICA, a la cual pertenecen filósofos, astrólogos y hechiceros. Aquí se cura por el influjo de la palabra. 

        De la MEDICINA DE LOS ESPÍRITUS, cuyos practicantes intentan coger el espíritu de las plantas mediante infusiones o similares, pues culpan al mismo espíritu, de ser el que provocó anteriormente la enfermedad. 

      De la MEDICINA DE LA FE, cuyas armas son la fe en uno mismo, en el médico, en las condiciones favorables de los dioses y en la piedad de Jesucristo. «Creer en la Verdad es causa suficiente de muchas curaciones». 

        También al estudiar las causas de las enfermedades proclamó que había cinco Entidades que condicionaban al Hombre en su existencia: la Entidad Astral, la de los Venenos, la Natural, la de los Espíritus y la de Dios; todas ellas afectan o interfieren en la salud y crecimiento de las personas, pero algunas lo hacen en Potencia, mientras que otras son determinantes, son las llamadas Entidad del Semen o de la Sangre. 

       Es curioso que cuando escribe de Medicina, conserva un rigor científico, propio de los académicos más puros, no se deja acariciar por romanticismos astrológicos, ni supersticiosos, si no que para él un feto es ante todo un fruto que en lugar de crecer en el vientre de la tierra, crece en la calidez de un útero humano, es decir, lo considera una engendra de la propia sustancia, y además, propone que no hay influencia más fuerte para ese pequeño ser que la de su propia madre, más allá de astros y otros condicionantes. 

        Refiriéndose a los adultos dice «El hombre sabio tiene mayor poder que los astros y manda y dispone sobre ellos. Sólo la Entidad del Semen posee la potencia necesaria para actuar de causa determinante». Y al mismo tiempo expone que los astros son tan libres como nosotros, tienen su camino y simplemente nos afectan porque en algunos momentos nos alcanza su radio de acción, su sudor, en palabras suyas, lo cual sí es de vital importancia y por eso cualquier médico que aspire a ser bueno en su oficio, deberá saber y entender el movimiento de los planetas y del firmamento en general, pues el influjo de las estrellas es infinitamente más poderoso cuando nos afecta, que cualquier impulso humano. Por tanto para hacer algunas curas o intervenciones, primero hay que asegurarse de que no haya interferencias astrales, o si las hay que sean positivas.

         Según Paracelso el origen de todas las enfermedades estaría en los venenos, los cuales no nos son todos conocidos ya que provienen, en parte, de otros planetas. Un ejemplo serían las intoxicaciones por arsénico que sufren en distinta medida, pero todos, los animales, especialmente los peces, los frutos del campo y las personas. Estos venenos que son producto de la exaltación de las estrellas y entre los que también contaríamos con el azufre, la sal y el mercurio, afectan a distintos órganos del cuerpo y así encontramos que el mercurio afecta a la cabeza, la sal a las articulaciones y a los huesos, etc… Y al mismo tiempo y relacionándolo con la alquimia o con la moderna homeopatía, el mismo elemento es el que combate dicha enfermedad, eso sí, cuando la estrella específica del morbo no sea ya la dominante en el firmamento.

         Continuando pues hacia adelante, y dejando un poco la Medicina, Paracelso, a medida que iba creciendo como persona, es como si dejara de tener el foco de atención únicamente en lo exterior a él, y fue interiorizando las vivencias. Cada vez tenía más claro que la vida es algo de paso, y que lo que importa es la experiencia o lo que vas aprendiendo de ella. Cada vez recurría más al tema de la religión y de Dios, no sin antes pasar por tratados de Astronomía, Filosofía, y por las «CONFESIONES», donde él analiza su propia existencia, y a la vez por las «DEFENSIONES» donde justifica su modo de actuar al tiempo que se pone en paz consigo mismo por la apasionada vida que ha vivido hasta el momento y que le ha provocado una infinidad de roces, discusiones, peleas con el resto del mundo.

        De los 16 escritos publicados a lo largo de su vida, podemos mencionar el «ONCE TRATADOS, VOLUMEN PARAMIRUM», «PARAGRANUM, OPUS PARMIRUM», «ASTRONOMIA MAGNA», «DE LAS ENFERMEDADES INVISIBLES», «PHILOSOPHIA SAGAX»,  «LIBRO DE LAS ENFERMEDADES TARTÁRICAS”. Pero después de su muerte algunos partidarios y discípulos suyos publicaron las Obras completas. En 1933 y después en 1955 se hicieron nuevas recopilaciones diferenciando una 1ª parte de las Obras Completas y una 2ª de Escritos teológicos y filosóficos.

         Junto con Leonardo da Vinci en Milán, Erasmo en Rotterdam y Lutero en Alemania, Paracelso y muchos otros no tan conocidos seguramente, provocó un cambio en la sociedad medieval en que vivía, aunque como es normal en estos casos él ya no lo vio. Cada uno en sus artes intentó romper con la inercia de un mundo en que todo lo nuevo que tenía por objeto revelar la Verdad del Hombre estaba prohibido, y  lo comprobamos porque él mismo se salvaguarda al final de sus escritos diciendo, nada es cierto más allá de la palabra de la Santa Iglesia, aunque a veces, en otros escritos la pone en tela de juicio.

         Cómo se ve que muy por encima de su personalidad, Paracelso amaba la Verdad, la misma compasión que Jesucristo derramó por la Humanidad fue la que él sintió por toda esa gente desnuda de sabiduría, de riquezas o sólo casa, de salud, de derechos, de libertad… y que él yendo a contracorriente, atendía en la calle, en las pobres casas, muchas veces infestadas por la peste, en los campos de guerra, etc… siempre demostrando que sólo era una herramienta de Dios, llamada para curar enfermos.

        Durante estas semanas que he tenido contacto con las ideas paracelsianas, no he podido dejar de hacer un paralelismo entre el momento en que vivió Paracelso y  el momento que vivimos en nuestros días; incluso algunos escritos que él mismo dedicó a los médicos «oficiales» de la época, parece que muy bien pudieran pasar hoy día en cualquier diario o prensa como opinión para delatar la actual situación del sistema sanitario, en especial referencia a la atención médica.

         Todos echamos de menos que cuando estamos enfermos se nos trate como un ser integral, como un microcosmos que está en interacción con un macrocosmos, en lugar de que si nos duele el estómago se nos mire sólo el estómago, o a lo sumo si el mal persiste un par de semanas, el aparato digestivo.

         Suerte que Paracelso sigue vivo en cierta forma, y nos ha dejado homeópatas, naturistas, pero es triste que ninguno lo iguale en capacidad para conjugar todas las técnicas desde las médicas a las quirúrgicas, las psíquicas, las astrológicas, las espirituales.

         Ojalá vuelva un nuevo Paracelso en cuerpo y alma y se rebele contra el actual sistema o mal llamada Ciencia Médica. Y también viaje de universidad en universidad haciendo conferencias en las que se explique qué es el Hombre y a partir de ahí empezar a analizar qué es lo que falla hoy día, cuáles son las verdaderas causas de las enfermedades actuales, para acabar hablando de qué es la Vida y qué pasa cuando no estamos en consonancia con ella.

         ¡Vuelve Paracelso y háblanos en un idioma que todos entendamos, como ya antes hiciste!.

Maria Mascaró

Comments 3

  1. Este personaje, desde la secundaria siempre fue motivo de mi admiracion, pero veo con tristeza que para nada mencionan uno de los mas importantes inventos que dio a la humanidad, que fue el descubrimiento del acido sulfurico, gracias.

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