La carrera al polo sur

        Las primeras expediciones a la Antártida se llevaron a cabo a finales del siglo XIX y principios del XX. Esta época estuvo marcada por un gran progreso en el conocimiento. En el área de la técnica, por ejemplo, varios inventores empezaron a crear sistemas de transmisión de imágenes y sonido, lo que más tarde se convertiría en la radio, la televisión y el teléfono.

        En lo que se refiere a descubrimientos arqueológicos, se descubrió Troya (1870), el mítico palacio de Knossos (1902), la tumba de Tutankamón (1922) y Machu Pichu (1914).

        Diversos intelectuales, filósofos, aventureros y ocultistas se unieron para investigar juntos las leyes de la naturaleza y la historia de la humanidad desde un punto de vista espiritual. Esta reacción contra el materialismo dio pie a que se trajeran a Occidente muchos de los libros sagrados de Oriente, de manera que se tradujo a los principales idiomas europeos el Bhagavad–Gita, el Dhammapada, el I Ching, el Tao Te King, el Libro de los Muertos egipcio y otros.

        En medio a este afán de progreso ya no había territorios por descubrir y conquistar, ni montañas por escalar, ni mares por surcar, ni pueblos por conocer, excepto el lugar natural más misterioso del planeta: la Antártida. Un continente cubierto por una capa de hielo que va de los dos mil hasta los cuatro mil metros de espesor. Donde se ocultan todas las riquezas codiciadas por el hombre: piedras preciosas, petróleo, tierra fértil, agua dulce. Un continente virgen, que tiene sus montañas, su fauna, llanuras, lagos e incluso un volcán activo, todo escondido bajo la nieve.   

        A comienzos del siglo XX no se sabía que allí se escondían todos estos recursos. ¿Por qué fueron a explorar este continente tan hostil, donde los vientos pueden llegar a los 300km/h y las temperaturas varían de -80ºC a +03ºC.

        El poeta afirmaba que: “Mientras haya un misterio para el hombre, ¡habrá poesía!” O sea, habrá vida, habrá aventuras y habrá belleza en las acciones de los seres humanos. Si hasta hoy día se recuerdan estas expediciones es porque fueron bellas y vale la pena recordarlas. Porque fueron aventuras que forjaron verdaderos héroes capaces de soportar el dolor, el frío, el hambre, lo desconocido y hasta la muerte por un ideal de superación de los límites.

         La Historia caprichosa quería colgar en sus paredes los hechos de una última etapa heroica, para ello hizo coincidir las expediciones de Amundsen y Scott, dando inicio a la carrera hacia el Polo Sur.  

        Roald Amundsen, noruego, soñaba con llegar el primero al Polo Norte geográfico del planeta. Había asegurado su futuro aprovechando cada momento del presente para aprender y prepararse. A los quince años se sintió tan identificado con la vida de explorador polar que empezó a dormir con las ventanas de su habitación abiertas para acostumbrarse al frío. En algunas ocasiones, en vez de ir al colegio, iba a escalar las montañas de los alrededores de Oslo para fortalecer su musculatura y habituarse a caminar por la nieve. A los 24 años analizó fríamente los fallos de las expediciones al Polo y consideró que para ser mejor explorador debería aprender a navegar, por ello se buscó un trabajo como marinero en un barco de cazadores de ballenas.

        En una expedición al Polo Norte adquirió experiencia y conocimiento. Se puso en contacto con habitantes del Ártico, los inuits. Aprendió de ellos a guiar un trineo tirado por perros; a esquiar; observó con atención las ropas que llevaban y coleccionó objetos esperando que le sirviesen de algo en el futuro. Armas, alimentos, vestimenta, todo era interesante para Amundsen, pues consideraba a aquellos hombres maestros de la supervivencia en las regiones polares. Amundsen es ejemplo de que los héroes no son un producto de la Naturaleza, sino fruto del esfuerzo humano por aprender y mejorarse.

       En 1910 Amundsen se sentía preparado para enfrentar el desafío de su vida: llegar al polo norte. Coincidía con otro plan de expedición, el del inglés Robert Scott, pero el objetivo de éste era llegar al Polo Sur, la Antártida.

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        Robert Scott era un inglés habitual, de carácter marcado por la voluntad y el sentido práctico. Ya había liderado una expedición desastrosa a la Antártida en compañía de Shackleton, y otra vez se sentía dispuesto a conocer el continente pulsante, pero esta vez de verdad. Esta expedición contaba con un gran número de científicos: geólogos, biólogos, meteorólogos e hidrólogos.

        Un extraño barco les iba a llevar a los confines del planeta: el Terra Nova. Era mitad arca de Noé, por los animales que llevaba a bordo, mitad moderno laboratorio, con miles de instrumentos y libros. En el Terra Nova los medios de defensa del hombre primitivo –pieles, cueros y animales vivos– se unían, con las más sofisticadas y modernas herramientas. Y tan fascinante como ese barco es toda la doble cara de la empresa. Una aventura, pero una aventura calculada como si fuera un negocio. Una temeridad emprendida con todas las artes de la prudencia. Dicho en otras palabras, tenían muy en cuenta que “la aventura puede ser loca, pero el aventurero debe ser cuerdo”.

         En su base invernal tenían el mundo entero y toda la ciencia abreviada. En la oscuridad, una lámpara les proporcionaba luz blanca y cálida. El cinematógrafo hechizaba, mostrando imágenes de lugares lejanos. Una pianola les proporcionaba música. La biblioteca, todo el saber de aquel tiempo. En una habitación martilleaba la máquina de escribir, otra servía de cámara oscura para el revelado de fotografías. Por un lado el geólogo analizaba la radioactividad de las piedras, por otro el biólogo descubría nuevos parásitos en los pingüinos y además las observaciones meteorológicas se alternaban con experimentos físicos. Cada uno durante el día se encargaba de su parte en la exploración científica del polo, y  por la noche estos treinta hombres trataban de transmitir sus conocimientos a sus compañeros, a través de charlas y pequeños cursos. De manera que en medio del frío polar habían encontrado el calor de la sabiduría y de la convivencia. 

        La tranquilidad de la expedición se acabó cuando les llegó la noticia de que el explorador noruego Roald Amundsen, antes de partir en dirección al Polo Norte había sido informado de que el estadounidense Robert Peary ya había conseguido clavar la bandera de América allí. Tras haber visto fracasar su plan de ser el primero en llegar al Polo Norte, Amundsen, siempre dispuesto a adaptarse, decidió dar una vuelta de 180º y dirigirse hacia el Polo Sur, y allí ya había instalado su campamento ¡Y peor aún, el campamento de Amundsen estaba asentado cien kilómetros más cerca del Polo Sur que el campamento de Scott! Scott sabía que la intención de Amundsen era llegar el primero al Polo Sur, y a pesar de que nunca concibió la posibilidad de una competición, aceptó, aunque de mala gana, el desafío.

        Les separaban de su meta 1500 kilómetros a través del hielo, temperaturas extremas, vientos ensordecedores, cordilleras de montañas cubiertas de nieve y las impredecibles grietas que se abrían en el suelo. Las jornadas eran de una media de 30 kilómetros al día, rotas apenas por tres paradas para comer y seis horas para dormir. El premio: ser el primero en romper el milenario silencio del Polo Sur.

         La exploración de la Antártida no se parecía a ninguna otra en cualquier parte de la Tierra. No había feroces animales, ni indígenas salvajes que les cerraran el paso. La lucha se establecía entre el hombre y las fuerzas desatadas de la Naturaleza, entre el hombre y los límites de su resistencia. Llegar al Polo Sur era un hecho excepcional, explorar la Antártida un auténtico descubrimiento, ya que nunca el ser humano había proyectado allí su sombra.

        Después de 58 días caminando, el 14 de diciembre de 1911, la expedición del experimentado y atrevido noruego Roald Amundsen dejó por primera vez sus huellas en el último rincón inexplorado del planeta. Amundsen al llegar allí escribió en su diario: “No he sabido nunca de un hombre que se encuentre en una posición tan diametralmente opuesta a su sueño como yo, que desde la infancia sueño con el Polo Norte, y aquí estoy en el Polo Sur”.

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        35 días después, en el 12 de enero de 1912, aquel rincón de la Tierra, durante tantos miles de años sin ser contemplado por la mirada humana, fue visto por segunda vez al llegar la expedición del inglés Robert Scott.

         Había llegado a su fin la carrera al Polo, ahora sólo quedaba regresar. Amundsen todavía contaba con la ayuda de la suerte, y las buenas condiciones del tiempo le permitieron llegar a su campamento en 38 días, 20 menos de los que había tardado en llegar al Polo. De la misma manera que la suerte seguía de parte de Amundsen, la mala suerte al parecer no quiso abandonar a los aventureros ingleses. A la vuelta se enfrentaron a condiciones climáticas todavía peores, perdieron la ruta establecida y no encontraron las provisiones que habían dejado por el camino para el regreso. Tantos imprevistos les llevaron a la muerte.

         Amundsen fue recibido por el rey de Noruega y aclamado por el mundo entero como “el último conquistador”. Su victoria sólo disminuyó de interés cuando meses más tarde salió a la luz el fracaso de Scott y sus compañeros, de quienes los restos mortales fueron encontrados por una expedición de ayuda. Fueron aclamados como héroes y sus nombres y sus aventuras fueron inmortalizados. Amundsen por otro lado hizo una verdadera fortuna, dando conferencias y escribiendo artículos para los periódicos. Y a pesar de ser un competidor despiadado también residía en él la nobleza que distingue todos aquellos que son dueños de sí mismos, y donó la mayor parte de su dinero a la familia de Scott y a la de sus compañeros que habían muerto.

        No había nada en el Polo, lo desconocido se convirtió en conocido, lo inalcanzable en asequible. Se había disipado el sueño, pero no las ganas de explorar, de lanzarse al abandono, de dejar atrás todas las certezas. Para cerrar con llave de oro la edad heroica, el explorador Ernest Shackelton decidió emprender una nueva aventura: cruzar la Antártida de punta a punta caminando, 2500 km. en total, pues el ser humano tiene como vocación explorar.

Rafael Gonçalo

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