Alejandro Magno

    Diversas son las perspectivas bajo las cuales se han escrito libros, grabado documentales, o realizado conferencias sobre un hombre excepcional como Alejandro Magno.  Tan diversas como definiciones de bondad y de maldad existen.

    Desde su nacimiento e incluso desde su concepción, su vida distó mucho de  ser común, Olimpia como toda madre  creía que su hijo estaba destinado a ser un gran hombre, sólo que ella además de saberlo se esforzó en sembrar esa seguridad en Alejandro, pero en algún momento aquella seguridad que desde muy niño había demostrado, tomó un matiz distinto del que hubiera deseado Olimpia.

templo-alejandro-magno-2.jpg

    Es admirable que con doce años haya logrado domar a una bestia imponente pero es más hermoso aun, saber que lo mantuvo a su lado por casi veinticuatro años o más y que cuando Bucéfalo murió, creó una ciudad en su honor.

    Tras las  numerosas batallas que habría librado su padre Filipo, Alejandro llegó a admirarlo, aunque el carácter mujeriego de su padre logró eclipsar en parte aquel respeto que se convirtió en el reto de mejorar sus hazañas y llegar mucho más lejos que el rey Filipo.

    Guiado por el inmenso amor que sentía hacia su madre Alejandro se prometió no caer en las tentaciones en las que su padre se regocijaba.

    Tras la muerte del rey, su hijo puede hacer realidad el sueño que había nacido en él desde la primera vez que leyó “La Ilíada” de Homero. Fundamental  fue la instrucción fue la instrucción de Aristóteles el filósofo que le había ayudado a comprender aspectos de la fortaleza de Aquiles, y Alejandro mantuvo bajo su almohada hasta su muerte, la copia de “La Ilíada” plagada de notas que el propio Aristóteles había escrito al pie.

    Alejandro Magno nunca quiso vencer a su oponente más bien lo que quería canalizar  era su propia impetuosidad, sus ansias, que posiblemente en un principio no era exactamente de dominio sino más bien de justicia.

    El emperador persa Ciro el Grande empezó a hacerse con los colonias griegas de Asia menor, Darío I decidió invadir la propia Grecia, posteriormente los persas bajo el mandato de Jerjes I saquearon Atenas; tras una larga sucesión de temporales emperadores al agotarse la línea directa de descendencia real, se nombró emperador a Darío III éste era considerado un hombre débil e incompetente en materia militar, lo que fue plenamente comprobado en el primer enfrentamiento contra los griegos en Iso, el ejercito que comandaba Darío era superior al que apoyaba a Alejandro en una proporción  de 10 a 1 pero tal fue la determinación y el genio estratégico militar del rey macedonio, que provocó en el enemigo el caos y su posterior desmoronamiento; fue entonces que en medio de la batalla Alejandro montado en su fiel Bucéfalo se dirigió hacia Darío que se encontraba en su carro y rodeado de su guardia personal, a medida que se aproximaba Alejandro, Darío perdía los nervios hasta que huyó abandonando a sus tropas y a su familia.

    Darío siempre pobre de espíritu y mente tuvo una segunda oportunidad de luchar por su imperio y hacer frente a Alejandro Magno, en Tiro, tras seis meses de asedio por parte de las tropas macedonicas, Darío nuevamente presa de sus miedos optó por enviar una propuesta de alianza que fue rechazada por Alejandro, y entonces huyó.

    Nunca se haría realidad un enfrentamiento entre Alejandro y Darío ya que este último, al ser rechazado por sus tropas, fue hecho prisionero por las mismas, y en su traslado con el inminente asedio de Alejandro, a pocos metros de él, los guardias de Darío atravesaron a éste con sus jabalinas y lo dejaron mortalmente herido antes de darse a la fuga. Cuando Alejandro llegó al lugar y vio a aquel hombre sin vida, reconoció que su muerte lo liberaba de su propia fragilidad de alma y se conmovió, ordenó que lo embalsamaran y lo enterraran en Persépolis y se prometió que llevaría a los asesinos ante la justicia.

    Alejandro cambió el curso de la economía, convirtió la moneda en un medio de equilibrar lo que en aquel entonces era el trueque, dado que no siempre era del todo justo además necesitaba una manera práctica y efectiva de remunerar a sus soldados, sin embargo, decidió que las monedas fueran acuñadas no con su imagen como lo habría hecho un personaje víctima de la vanidad, al contrario pidió que se grabaran imágenes o rostros de los dioses griegos.

     Siempre hubo dualidad en su forma de actuar pero considero que existió una razón muy válida: a los ojos de Alejandro Magno lo peor que podía existir era la injusticia, y a diferencia de otros conquistadores no permitía que sus hombres dieran rienda suelta a sus fechorías, excepto en Persia,  dicen algunos que a causa de que los persas mucho antes, habían quemado Atenas y, otros dicen que al ver a sus hombres mutilados, lloró y ordenó que quemaran Persépolis.

    La máxima que siempre acompañó al estratega, era la de unión y la fusión de las culturas que a él le habían fascinado, como la egipcia con sus grandes monumentos y sus dioses, la persa con la prosquinesis que no agradaba a los griegos, la India que Aristóteles había descrito como el extremo oriental de la Tierra, más allá del cual se extendía el océano sin fin que envolvía la mundo.

    Lo que movía a Alejandro no era únicamente su sed inasible de aventura, sino que también sus ansias infinitas de conocer y su deseo constante de descubrir lo desconocido. Ciertamente había llegado más lejos que cualquiera pero fue entonces que tras ocho años de haber sometido a sus tropas a peligrosas y extenuantes empresas, su ánimo empezó a decaer.

     Alejandro estaba ansioso por avanzar hacia el este al encuentro de las costas orientales del océano sin fin, y tras la batalla de Hidaspes determinaron no avanzar mas allá, les llegaron rumores de que tendría que cruzar un río enorme y peor aún, al otro lado se encontraba el enemigo, con enormes elefantes y más visiones que infundieron el temor en una tropa ya desgastada.

    Por primera vez Alejandro fue incapaz de ganarse a sus oficiales, le fue imposible transmitir esa energía que aún era viva en él, ya que sus soldados habían caído en el abismo del desánimo.

    Tras dos días de encierro Alejandro hizo un último esfuerzo al recurrir al presagio, pero la respuesta fue adversa, entonces asumió que había perdido su primera batalla y esta vez no fue el enemigo declarado el que le hizo frente, sino el amigo que había compartido con él sus triunfos: sus propias tropas, a las cuales él tenía en gran estima, fue un duro golpe muy duro para el conquistador.  Ordenó dar media vuelta, pero convirtió aquel potencial desastre en un triunfo, fue la “victoria de su generosidad” decían sus tropas eufóricas.

    Después de 30.000 kilómetros de tierras conquistadas y de haber llorado por la muerte de su mejor amigo Hefestión, el 10 de junio Alejandro Magno falleció.

    Serían sus mejores conquistas la admiración de sus rivales, la lealtad de sus súbditos y el amor que sentían por él todos los que habían estado a su lado, su gran herencia la cultura y, un reino que poco o casi nada duró en unión, como él había soñado y habría querido.

Paola Bustillos

Deja una respuesta