Eric Fromm

     Erich Fromm, psicoanalista, filósofo social y humanista, nació en Frankfurt en 1900 y fue el hijo único de un matrimonio de judíos ortodoxos de clase media no muy bien avenido.  Su padre era un hombre de negocios más bien colérico y con bastantes cambios de humor. Su madre estaba deprimida con frecuencia y su infancia no fue muy feliz. De joven, sus intereses intelectuales eran extraordinariamente variados.

    En su autobiografía habla de dos eventos acontecidos en su adolescencia temprana que le condujeron hacia este camino.

    Cuenta que a los 12 años conoció a una pintora hermosa y atractiva de unos 25 años que casi siempre estaba en compañía de su padre viudo. Un día escuchó la noticia de que el padre había muerto e inmediatamente después ella se había suicidado, dejando un testamento con el deseo de ser enterrada al lado de su padre. A la pregunta inevitable: ¿por qué? encontró algunas respuestas (parciales) en Freud.

    El segundo evento fue la Primera Guerra Mundial, que le sorprendió a los 14 años, donde pudo darse cuenta de hasta dónde podía llegar el nacionalismo y quiso comprender algo irracional (la irracionalidad de las masas) y esta vez halló algunas respuestas en los escritos de Marx. Se reconocía socialista.

    Combinó la formación talmúdica tradicional con el misticismo, la filosofía, el socialismo y el psicoanálisis y lo usó todo en conjunción con el judaísmo conservador. Después de estudiar sociología en Heidelberg, regresó a Frankfurt como editor de un modesto periódico judío y, al cabo de un año, conoció a quien fue su primer analista, Frieda Reichmann, que se convirtió también en su primera mujer.

    En 1927 empezó su formación psicoanalítica en Berlín. El Instituto Psicoanalítico de Berlín era inusitadamente progresista: analistas que no eran médicos ocupaban los puestos de responsabilidad y en él había una clínica psicoanalítica gratuita para pobres. Después de terminar su formación en 1929, Fromm dividió su tiempo entre la práctica del psicoanálisis en Berlín y la colaboración con el Instituto para la Investigación Social de Frankfurt.

    Se mudó a los Estados Unidos en 1934, estableciéndose en la ciudad de Nueva York, donde conocería muchos de los otros grandes pensadores refugiados unidos allí.

    Cerca del final de su carrera se mudó a Ciudad de México para enseñar. Ya había hecho un considerable trabajo de investigación sobre las relaciones entre la clase económica y los tipos de personalidad de allí. Murió en Suiza en 1980.

    Fromm siempre estuvo interesado en tratar de comprender a las personas verdaderamente malévolas de este mundo; no solamente a aquellas que sencillamente eran estúpidas, estaban mal guiadas o enfermas, sino a aquellas con total conciencia de maldad en sus actos: Hitler, Stalin, Charles Manson, Jim Jones, etc., desde los menos hasta los más brutales.

    Se sentía atraído por el budismo zen, algo que no es fácil de encontrar en el psicoanálisis. En la meditación budista encontró “una forma sencilla, no engañosa y no sugestiva de meditación, que tiene el fin de acercarnos a la meta budista: la suspensión de la codicia, el odio y la ignorancia“.

    Sin embargo, no creía en ciertas ideas budistas, como la reencarnación, aunque estaba profundamente impresionado por el núcleo de esta doctrina filosófico-antropológica, particularmente por la demanda de poseer la máxima conciencia respecto de los procesos internos y externos. Se denominaba a sí mismo un “místico ateo”.

FROMM Y EL PSICOANÁLISIS

    Fromm ejerció una “leal oposición” contra  Freud, de la que pondré algunos ejemplos más adelante, (“el pensador creativo sólo puede pensar con las pautas y categorías de su cultura”) e hizo algo que era muy infrecuente para un psicoanalista comprometido: intentó con sinceridad ampliar el horizonte del psicoanálisis mediante la integración de la economía, la filosofía y la antropología, entre otras muchas disciplinas, en contraposición a Freud, que siguió el espíritu de su época, separando completamente la psicología de la filosofía y de la ética.

    En su artículo “Bases filosóficas del psicoanálisis” Fromm se basa en la filosofía del materialismo histórico o materialismo dialéctico estudiado por Marx y Engels para  intentar encontrar las fuentes más profundas de las pasiones humanas en la totalidad de la existencia del hombre y no en algún origen fisiológico en particular, como defendía Freud.

    Dice Fromm en este artículo,  refiriéndose al hombre, que la conciencia de sí mismo, la razón y la imaginación destrozan “la armonía” que caracteriza a la vida animal. Se da cuenta de su impotencia y de las limitaciones de su existencia. Percibe su propio fin: la muerte. Nunca se encuentra libre de la dicotomía de su existencia; no puede deshacerse de su cuerpo mientras esté vivo, y su cuerpo mismo le obliga a querer vivir. El hombre es el único animal que considera su propia existencia un problema, al cual tiene que encontrar solución. La historia bíblica del Paraíso expresa la situación con perfecta claridad. Cuando nace el hombre -tanto la raza humana como el individuo- es lanzado fuera de una situación definida, tan definida como los instintos, hacia una situación que es indefinida, incierta y expuesta. Existe certeza sólo respecto al pasado, y respecto al futuro sólo hay la certeza de la muerte; ésta, en realidad, es un retorno al pasado, al estado inorgánico de la materia.

    El origen de todas las fuerzas psíquicas que impulsan al hombre, de todas las pasiones, afectos y ansiedades, es la necesidad de encontrar soluciones siempre nuevas a las contradicciones de su existencia, formas de unión siempre más altas con la naturaleza, con su semejante, y consigo mismo.

    La constitución física del hombre tiene por resultado la obligación de satisfacer el hambre, la sed, la necesidad de dormir y sus necesidades sexuales. Pero aún cuando todas estas necesidades hayan sido satisfechas él no está satisfecho. Su condición humana le crea necesidades que debe satisfacer, so pena de volverse loco.  Estas necesidades son la de estar relacionado, de estar arraigado, de crear o de destruir, de tener un marco de orientación intelectual (algún sistema unificado dentro del cual puede situarse en el universo) y de tener un sentido de identidad.

    Mantenía que la función del psicoanálisis supera la estrictamente terapéutica y que puede ser un método para alcanzar la liberación interior adquiriendo conciencia de los conflictos reprimidos.

SU OBRA

    Fromm escribió libros accesibles y dirigidos a un público popular, libros que podían servir de fuente de inspiración a los adolescentes, tanto sobre psicoanálisis en sentido estricto como sobre psicoanálisis y marxismo y sobre psicoanálisis y budismo zen.

    Como escritor es reposado e inteligible, pero es tan precavido frente al misterio que nunca se permite una confusión y casi nunca se arriesga a dar una explicación extraña.

    Sus libros más famosos: Por una sociedad sana, El arte de amar y Anatomía de la destructividad humana fueron grandes éxitos de ventas. Sin embargo, en el campo de la teoría y la práctica psicoanalíticas de las diversas escuelas o corrientes psicoanalíticas, hoy no se hace prácticamente ninguna referencia a la obra de Fromm.

    Su extensa obra destaca tanto por su amplitud temática como por ciertas preocupaciones insistentes. Demostró un interés continuado por la idolatría, la naturaleza de la agresión y  la necesidad de reciprocidad.

    Fue un crítico severo de todas las formas de idolatría, puesto que creía que la idolatría era sencillamente un modo de evitar una vida personal. “Marx mostró los conflictos y las fuerzas motrices de la evolución social. Freud atendió al descubrimiento crítico de los conflictos íntimos. Ambos aspiraban a la liberación del hombre. Pero ambas teorías sufrieron el mismo destino: perdieron pronto su cualidad más importante, la del pensamiento crítico y, por tanto, liberador, cuando la mayoría de sus “fieles” partidarios las convirtieron en ideologías, como convirtieron en ídolo a sus creadores

“El principio de todo camino hacia la propia transformación es reconocer cada vez más la realidad y descubrir los engaños que corrompen, hasta hacerla venenosa, aún la doctrina más excelsa”.

CONCIENCIA

    Sostenía que la preparación más importante para el arte del ser es cualquier cosa que nos haga adquirir y aumentar la capacidad de conciencia superior, así como la capacidad de pensamiento crítico, dubitativo, y que ello no es cuestión de inteligencia, edad o instrucción: que es cuestión de lo independiente que se haya llegado a ser de las autoridades irracionales y de los ídolos de toda especie.

    También aconsejó una actitud de profunda desconfianza ante la mayor parte de lo que oímos o leemos, por ser la mayor parte embuste, verdad a medias, o tergiversación de la verdad.

    Fromm observó que las sociedades “desarrollan un sistema, unas categorías, que determinan las formas de conciencia” y que “este sistema funciona, como un filtro condicionado socialmente; la experiencia no puede entrar en la conciencia a menos que pueda penetrar este filtro”.

    Otra observación interesante es la que dice “A menos que pueda analizar los aspectos inconscientes de la sociedad en que vivo, no podré saber quién soy yo, porque no sabré qué parte de mí no es mía”.

    Para Fromm, el propósito del psicoanálisis era hacer accesible la experiencia emocional proscrita socialmente y, con ello, modificar las formas de conciencia. Fromm era radical en extremo en su compromiso para buscar otras alternativas. Sin embargo, nunca llega a ser un analista de la excentricidad porque nunca deja de querer ayudarnos.

    “El examen profundo de lo inconsciente es una manera de descubrir dentro de sí mismo a la humanidad y a cualquier otro hombre. No es un descubrimiento del pensamiento teórico, sino de la experiencia afectiva“.

LA “LEAL OPOSICIÓN” A FREUD

    Fromm reconoce la importancia de los descubrimientos de Freud, pero no siempre comparte con él el origen del conflicto, pues considera a Freud demasiado influenciado por su época y su condición social burguesa.

    Por ejemplo, frente al supuesto fundamental de Freud de que todos los fenómenos irracionales como la necesidad de seguir a una autoridad fuerte, la ambición desmedida, la avaricia, el sadismo y el masoquismo, tienen sus raíces en los avatares de la primera infancia, Fromm contrapone que no sólo el niño es impotente; también lo es el adulto. La impotencia está arraigada en la condición humana. Así, el hombre transforma a una persona, una institución o una idea en un absoluto, esto es, en un ídolo, sometiéndose al cual se crea una apariencia de seguridad.

    También le critica que no percibiese suficientemente que gran parte de lo que es consciente es ficticio y que gran parte de lo inconsciente es verdad, precisamente la verdad que no se permite que llegue a la conciencia y que promueve el funcionamiento y la conservación de esa estructura social particular.

    Una razón por la que debería perdurar el pensamiento de Erich Fromm es que nunca se cansó de formular “estrategias de solución” por su conocimiento de alternativas posibles y por su talento para presentar las que son plausibles. Pero sobre todo, toda su vida se esforzó por trabajar consigo mismo para librarse de fijaciones, represiones y proyecciones. Se vivió a sí mismo como una manifestación de su sociedad y comprendió que para cambiarla debía comenzar por eliminar esos defectos de su propio ser.

Rocío Juan Ruiz

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