Galieo Galiei

    Siempre he admirado a esos personajes que, aunque no tengan medios, o simplemente casi en la clandestinidad, han sido fieles a sus principios a pesar de las adversidades, y han legado a la humanidad el esfuerzo de toda una vida de investigación. Uno de esos personajes fue Galileo Galilei, un astrónomo y físico italiano que vivió entre los siglos XVI y XVII. Él defendió que la Tierra giraba alrededor del Sol, contradiciendo a la Santa Inquisición que proclamaba que la Tierra era el centro del Universo. Se negó a obedecer sus órdenes y fue condenado a cadena perpetua, aunque al final la condena se quedó en un arresto domiciliario bajo la vigilancia de un arzobispo. Junto con Kepler, comenzó la revolución científica que culminó con la obra de Isaac Newton. Su principal contribución a la Astronomía fue el uso del telescopio, y en el campo de la Física descubrió las leyes que rigen la caída de los cuerpos y el movimiento de los proyectiles. 

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    Galileo fue el padre de la Física moderna. Su libro “Dos nuevas ciencias”, en el que estableció las leyes del movimiento acelerado que rigen la caída de los cuerpos, representó una contribución tan grande a la Física, que se anticipó a las leyes del movimiento de Newton. Estas dos nuevas ciencias en las que se concentra Galileo son la Ingeniería y la Cinemática, una rama de las Matemáticas.

    Imaginad en aquella época, fines del siglo XVI, con qué elementos trabajaba Galileo para poder sacar las conclusiones de sus experimentos. Pero ya sabemos que lo que le caracterizaba era su fuerza de voluntad, su insuperable dedicación para hacer las cosas bien y buscar siempre la verdad. De esta manera, a pesar de las dificultades y carencias en las que se encontraba, no dio su brazo a torcer y siguió adelante con las investigaciones y observaciones astronómicas para llegar a las conclusiones que llegó, y a descubrir esas leyes físicas de la Naturaleza.

    En el año 1609, la vida y los intereses de Galileo cambiaron bruscamente. Llegó a sus oídos que un holandés de nombre Hans Lipperhey, estaba intentando patentar sin éxito un tubo óptico que aumentaba el tamaño de las cosas lejanas, haciéndolas parecer más próximas. Viendo la utilidad que podría llegar a tener para la República veneciana, que era la que le pagaba el sueldo de matemático, recopiló toda la información posible y construyó uno en su taller, tres veces más potente que el aparato de Lipperhey, y en ese año llego a conseguir un telescopio de fuerza treinta. A toda prisa le escribió al Duque de Venecia: “Este anteojo permitirá ver las embarcaciones del enemigo dos horas o más antes de que él nos descubra a nosotros”. Y como agradecimiento le doblaron el sueldo, pero el quería regresar a Florencia, aunque necesitaba el dinero, así que espero un poco antes de aceptar.

    Además, Galileo se pasó toda su vida inventando o mejorando aparatos que hacían cosas interesantes y prácticas, como la balanza hidrostática para la determinación de pesos específicos, una máquina para elevar agua, un reloj astronómico y algunos otros mecanismos de aplicación militar. Al mismo tiempo, estaba escribiendo un libro sobre sus investigaciones mecánicas. Buscaba en nuestro mundo imperfecto el orden matemático que los pitagóricos habían descubierto en el movimiento de los astros. Y lo encontró, midiendo, observando sólo aquellas propiedades que se pudiesen describir con números. Medía una y otra vez, hasta encontrar aquello que se podía expresar con fórmulas matemáticas. Era una nueva forma de interpretar el mundo, mirarlo como un libro escrito en lenguaje matemático. Así estableció la ley del péndulo, el tiro parabólico, el concepto de inercia, la caída de los cuerpos, todo lo que en un futuro constituiría la Física. Pero antes de acabar su libro, el telescopio se cruzó en su camino.

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    Hasta entonces toda la astronomía se basaba en lo que podía observarse a simple vista, así que Galileo dirigió el telescopio al cielo y súbitamente el número de estrellas se multiplicó por diez, y vio que la Vía Láctea son cúmulos de estrellitas esparcidas. La Luna ya no pareció un disco perfectamente liso, con sus valles y montañas. Los astros dejaron de ser esferas perfectamente pulidas. También vio que el Sol tenía manchas oscuras, que Venus mostraba fases como las de la Luna, y eso implicaba que giraba alrededor del Sol. Pero lo más asombroso fue descubrir cuatro nuevas estrellas errantes próximas a Júpiter. Las veía moverse de un lado a otro del planeta, y a veces hasta llegaban a desaparecer tras él. Sólo había una explicación: giraban alrededor de Júpiter, como la Luna alrededor de la Tierra, y le acompañaban en su traslación alrededor del Sol. Entonces, ¿cómo explicarían esto los partidarios del geocentrismo, que defendían que todos los cuerpos giraban exclusivamente alrededor de la Tierra? Era un apoyo inesperado a la doctrina copernicana de que la Tierra y los demás planetas giraban alrededor del Sol.

    Pero con el paso del tiempo, aún en nuestro inconsciente colectivo, la teoría geocéntrica de Ptolomeo sigue siendo poderosa. Todos sabemos que la Tierra se mueve, que rota y se traslada y que el Sol es un “astro fijo”… Y aún seguimos diciendo que el Sol se levanta y que el Sol se acuesta. Los sentidos nos indican que estamos sobre una materia firme y en reposo. Nada indica que la Tierra se mueva. De ahí la persistencia en pensar aún como ptolemaicos. La Inquisición marcaba de cerca cualquier cambio científico que hiciera temblar los cimientos de su doctrina, y además la Iglesia aceptó el modelo de Ptolomeo como que la Tierra era el centro del Universo, porque así mantendrían sometido al pueblo con la idea de que eran el centro de la creación. Dios nos puso las estrellas en el cielo como simples luminarias para alumbrarnos en la vida, ¿cómo iban a ser los hombres una simple pieza de un orden natural y no los dueños de la Naturaleza, ni el centro alrededor del cual se ordena toda ella? La Santa Ignorancia seguía viendo herejías donde simplemente había verdad comprobada.

    Ese mismo año, en 1610, Galileo presentó un trabajo en el que explicaba sus descubrimientos, que le situaron al frente de la Astronomía contemporánea. Ya no podía seguir enseñando las teorías aristotélicas y se fue a Florencia a trabajar como matemático y filósofo en la corte del gran duque de Toscana. Al librarse de las obligaciones de la enseñanza, Galileo pudo dedicarse por completo al telescopio.

    La Iglesia católica romana apreció y elogió los descubrimientos de Galileo, pero no estaba de acuerdo con la interpretación que les daba. Mientras siguieran siendo una hipótesis, no tenía ningún problema en que siguiera investigando. Pero en 1613, Galileo publicó un trabajo en el que defendía, por vez primera en letra impresa, el sistema copernicano de un universo heliocéntrico. El trabajo fue inmediatamente atacado, y Galileo denunciado ante la Inquisición.

    Galileo fue obligado a retractarse y abjurar públicamente de sus  creencias. De rodillas y con las manos sobre la Biblia, negó todo a lo que le habían llevado sus investigaciones. Pero al levantarse, susurró en voz baja: “Eppur si muove” (Y, sin embargo, se mueve). Esta frase representaba un desafío al oscurantismo y una determinación de buscar la verdad aún en las circunstancias más adversas. Galileo sólo cedió verbalmente a las exigencias de la Iglesia, para retomar después nuevamente sus estudios. Después de todo, lo que había llevado a Galileo ante la Inquisición fue la publicación de su trabajo: “Los dos máximos sistemas del mundo”, un ataque directo a ese edicto eclesiástico de 1616 que prohibía enseñar la teoría copernicana de la Tierra en movimiento alrededor del Sol.

    Galileo murió ciego el 8 de enero de 1642 y se convirtió en el símbolo de la lucha contra la autoridad y de la libertad en la investigación. En 1979, más de 300 años después de su muerte, y conociendo el Universo como lo conocemos ahora, el papa Juan Pablo II reconoció que la Iglesia católica romana “podría” haberse equivocado al condenar a Galileo, y nombró una comisión específica para reabrir el caso. Cuatro años más tarde, la comisión concluyó que Galileo no debería haber sido condenado, y la Iglesia publicó todos los documentos de su juicio. Como siempre, el hombre llega tarde a resolver las cosas que la justicia natural habría puesto en su lugar, ya que ésta se rige por el sentido común y el deber.

Marcelo Pena

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