A finales del siglo XVIII la patata se convirtió en el pan de los pobres. Sin embargo, no comenzó a consumirse frita hasta principios del XIX. Las patatas fritas, más que un invento fueron una receta: patatas astilladas. Todo comenzó con una receta que el embajador de EE.UU. en París, Thomas Jefferson, se llevó a su patria. La receta estuvo mucho tiempo olvidada hasta que en el verano de 1853 un chef de cocina neoyorkino, George Crum, comenzó a preparar las patatas al estilo francés: conocidas luego por “french fries”, patatas fritas de un grosor no superior a los cuatro milímetros. Las patatas de Crum triunfaron y consiguió hacerlas tan finas que ya no podían pincharse con el tenedor. Se convirtieron en la estrella del menú: las patatas crujientes o patatas chips. Ante el éxito de su invento, el chef Crum montó su propio restaurante, comercializó su invento y empaquetó sus patatas chips, que eran vendidas por calles y teatros. El nombre “chips” con el que se bautizó a las patatas fritas, proviene de un término inglés que significa “astillas”.
Hace cuatro mil años, ya los médicos del Antiguo Egipto, recomendaban la limpieza de los dientes después de cada comida. El médico latino Escribonius Largus inventó la pasta de dientes hace dos mil años. De modo que el cuidado de la dentadura ha sido una constante en los seres humanos. Todas las culturas han contado con sustancias para restregar lso dientes y limpiarlos. La palabra “dentífrico” significa, precisamente, “frotar los dientes, restregarlos”. El cepillo de dientes tal y como lo conocemos, fue idea de los dentistas chinos hace mil quinientos años. El modelo moderno fue invento del siglo XVII, y desde entonces ha sufrido pocas modificaciones. En nuestro siglo una de las innovaciones del cepillo de dientes, el cepillo milagro del doctor West era de púas de seda que permitían una perfecta higiene bucal, y que dio lugar tras posteriores innovaciones al producto que tenemos en nuestro cuarto de baño. La pasta de dientes actual es un compuesto sencillo de polvo de tiza para pulir la dentadura; detergente espumoso para limpiarla; fluoruro para conservar los dientes; una sustancia gelatinosa hecha de algas para amalgamar a los demás ingredientes; esencias para dar sabor agradable y un desinfectante germicida.
Su descubridor no fue un médico, sino un físico alemán. En septiembre de 1895 Wilhem Conrad Röentgen los descrubrió en su laboratorio de Würzburg. El fortuito hallazgo tuvo lugar mientras estudiaba la descarga eléctrica que se producía en los tubos de vacío del inglés William Cookes. Observó que al atravesar el tubo una corriente, un trozo cercano de papel tintado con cianuro de bario se tornaba fluorescente. El fenómeno se repetía también si se tapaba el tubo con un cartón negro. Sorprendido por el fenómeno investigó y semanas más tarde comprobó que los efectos se debían a un rayo invisible en forma de onda corta electromagnética, de la familia de la luz que Röentgen llamó “X”, por ser desconocida. Tuvo tal repercusión en los medios científicos que su descubridor obtuvo el Premio Nobel de Física en 1901. Röentgen aplicó su invento a la mano de su mujer: era la primera radiografía de la Historia y mostraba el anillo de desposada como un abultamiento del dedo anular. Tomas Hunt, científico inglés dijo: “Sin duda es éste un hito importantísimo para la ciencia médica, y uno de los pasos más firmes en toda la historia del diagnóstico”.