Archivo de Julio, 2009

¿En qué NO piensan los políticos?

 

Hace ya días que estamos sufriendo los destapes de corrupciones en la política mallorquina, y además de los hechos en sí, es tan triste escuchar:  ¡todos los políticos son iguales!,  ¡la corrupción existe y existirá!.

    Quiero aportar una pequeña reflexión sacada de un artículo de Oscar Diego Bautista publicado en la Revista de las Cortes Generales: “Fundamentos éticos para un buen gobierno”.

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    La teoría política señala que hay tres cualidades que deben poseer los que han de desempeñar un gobierno: la primera es la lealtad para la constitución establecida, estar comprometido con su Estado, y en nuestra comunidad con Mallorca o las islas Baleares. La segunda es tener capacidad para las responsabilidades del cargo, y gobernar dando resolución a las demandas ciudadanas, ser inteligente y activo. Y la tercera, poseer virtud y justicia, la más difícil pues requiere no sólo conocimiento sino voluntad y paciencia.

    Me pregunto: ¿sería posible que aquellos que se dedican a la política pasaran estos exámenes, o que los ciudadanos se lo exijamos, o que ellos mismos decidan formarse para alcanzarlos?.

    En las antiguas culturas mexicanas para elegir al gobernante, primero congregaban a un número de jueces formado por hombres sabios, ancianos notables quienes deliberaban y tomaban en cuenta lo siguiente: ser virtuoso, ser respetado, no amar con exceso la vida, no dejarse adular, corromper ni sobornar, ser restaurador e impulsor de las tradiciones, tener pleno uso de sus facultades, prudente, valiente, de buen hablar, de buen oír, que supiera estimar a la gente. Pero además existían ceremonias destinadas a recordarle los deberes hacia su pueblo : “Se conducía al futuro rey a una parte del templo. Se sentaba de día en el desnudo suelo, por la noche iba al sagrario a horas fijas para quemar incienso, los cuatro primeros días no dormía más que unas horas, cerca de él había unos guardias que si se adormecía le punzaban las piernas con espinas de maguey, dirigiéndoles estas palabras: ¡Despiértate, tú no debes dormir, sino vigilar y cuidar, no subes al trono para descansar, tus ojos deben estar abiertos para velar al pueblo!.” De esta manera el elegido era un hombre de cualidades éticas, querido, admirado y respetado.

    Puede parecer utópico pero quiero recordar también unas palabras de Vclav Havel, expresidente de la República Checa: “la política es un sector de actividades humanas que plantea mayores exigencias al sentimiento moral, al sentido de la medida y de la humildad, a la capacidad de entender el alma de los otros, es una dedicación para personas que no se dejan engañar(…). Todos los que afirman que la política es un asunto sucio miente, es un asunto que requiere personas especialmente puras porque resulta muy fácil caer en la trampa.”

    Cualquier político debería preguntarse y respondernos con palabras y sobretodo con actos a las siguientes preguntas: ¿Qué clase de vida quiero para mi comunidad? ¿Qué hago por el bien de ésta?. Todo Estado debe contar con políticos. La diferencia entre los que lo hacen bien y los que no, radica en que los primeros son personas que poseen conciencia, libertad, decisión, carácter, autoridad, es decir, principios  y valores.

Sara Ortiz Rous

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JAPÓN, la armonía del movimiento

 

Japón es un país de arraigadas costumbres y ceremonias. Entre ellas podemos encontrar la ceremonia del té, que en japonés recibe el nombre de Chanoyu. Históricamente Japón introduce el té alrededor del siglo VIII, procedente de China. Cuenta la leyenda que Bodhidharma se propuso estar diez años en meditación, pero el sueño que trataba de vencerlo hacía caer los párpados sobre sus ojos, así que el Maestro se los arrancó y los arrojó lejos, y en el lugar donde cayeron brotó la planta del té. El Maestro Bodhidharma fue quien llevó el budismo desde la India a la China alrededor del año 532, donde en contacto con el taoísmo da lugar al Chan, una doctrina que es introducida en Japón por Eisai y Dogen sobre el año 1.200.

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    Los discípulos de Bodhidharma, instituyeron el rito del té al tomarlo ante una estatua de su Maestro, evitando con esto la fatiga y la  somnolencia que les producían las largas horas de meditación. La ceremonia del té es considerada también otra de las artes Zen, y tiene tres momentos fundamentales: el uso del té como medicina, la etapa suntuosa, en la que las ceremonias tenían un alto contenido de ostentación y lujo, y finalmente la etapa que podríamos llamar estética. El Maestro de té Zen-no-Rikyu quien le dio a la ceremonia del té las características que mantiene en la actualidad. La filosofía del té no es una simple estética, porque nos ayuda a expresar nuestra concepción integral del hombre y la Naturaleza. Por eso el elemento por excelencia es la actitud de los asistentes a la ceremonia, sus maneras, sus palabras, y eso refleja una actitud de armonía y respeto, que se convierte en la ceremonia de la convivencia, en el culto a la cortesía. 

    El Chanoyu es el símbolo del esfuerzo de los japoneses por conseguir el reconocimiento de la verdadera belleza, que reside en la sencillez y la simplicidad. Las estrictas normas de etiqueta del Chanoyu, que parecen complicadas y difíciles a primera vista, están calculadas para conseguir la mayor economía posible de movimientos y son un regalo para la vista, sobre todo si el que las lleva a cabo es un Maestro experimentado.

    El Zen ha tenido una enorme influencia en todos los aspectos de la vida tradicional japonesa. Además del Chanoyu, también se incluyen las artes de la pintura, la caligrafía, el diseño de jardines, los arreglos florales, y las artes marciales como el tiro con arco, el manejo del sable, el judo, el karate, etc. Cada una de estas actividades es conocida en Japón como un Do, como un camino o una vía hacia la Iluminación. Pero no un camino cualquiera. Do es un camino trascendente y ascendente.               

    Una de esas vías o caminos era la de los samuráis. Los samuráis eran la clase guerrera, también llamados bushi y constituían la casta militar del antiguo Japón feudal. Eran soldados al servicio del señor feudal o Daimyo. El período feudal japonés duró desde fines del siglo XII hasta mediados del XIX y mantuvo unas rígidas estructuras jerárquicas y un estricto código ético para la clase guerrera, conocido como Bushido, la vía del guerrero. El entrenamiento de un samurái comenzaba desde la más tierna infancia y duraba toda su vida. Le llevaba a estar preparado para hacer frente a cualquier situación y salir victorioso, cualesquiera que fuesen las condiciones. Pero no se trataba de aprender sólo a luchar, sino a hacerlo siguiendo unas reglas de combate, donde el adversario era tratado de un modo caballeresco. Todo estaba reglamentado por su código de honor: el Bushido. El código del Bushido gobernaba el comportamiento del samurái y el samurái gobernaba a su espada, por lo que la espada debía expresar los principios del Bushido. Un samurái debía ser valeroso, honorable, motivado por un deseo de actuar con rectitud y justicia, poseedor de un gran dominio de sí mismo y capaz del autosacrificio. La pérdida del honor llevaba al samurái a hacerse Seppuku, el ritual del Hara-Kiri. 

    Otra de las artes Zen es el tiro con arco, el Kyudo. Siglos atrás en Japón, el tiro con arco era considerada la disciplina más elevada del guerrero samurái. Los arcos, construidos de bambú, tenían una gran elasticidad y medían casi dos metros de longitud. La técnica para tensar la cuerda es hacerlo sin aplicar fuerzas extremas, sino procurar que trabajen únicamente las manos, dejando totalmente relajados los músculos de los brazos y de los hombros. La respiración tiene un papel muy importante, ya que hacerlo bien permite descubrir el origen de toda fuerza espiritual, y ayuda a relajarse. Después de lograr tensar el arco relajadamente, que por lo general suele llevar mucho tiempo, el tirador está preparado para otra tarea muy difícil, que es disparar. Este movimiento es muy difícil de lograr porque no tiene que haber ninguna intención de hacerlo. Cuanto más se empeñe el tirador en acertar en el blanco, más se alejará de ello. Hay que aprender a esperar, por eso es necesario desprenderse de sí mismo, quedando de esta forma sólo el estado de tensión del tirador, sin intención alguna. El arquero se enfrenta consigo mismo, y será a la vez el que acierta y es acertado, el tirador se convierte en el centro inmóvil. Es entonces cuando surge lo último y lo más excelso. El arco y la flecha son en sí un pretexto o un camino hacia la meta y no la meta misma. Pero, ¿cuál es la meta? La meta es conseguir ese estado espiritual, donde se reconoce la genuina presencia del espíritu. Esto es esencial para todo aquel que practique un arte así.

    Los japoneses también le dedicaban mucho tiempo al Ikebana, al arte del arreglo floral. Su significado etimológico proviene de Ikeru (conservar vivo) y Hana o Bana (flores y ramas). Al ser una de las artes Zen, también es un Do, un sendero o un camino de autorrealización. En el Ikebana el Do es “la manera”, “el espíritu” utilizado en la ejecución de este arte, y ese espíritu es la expresión del pensamiento Zen. En Occidente, el Ikebana suele ser interpretado como una simple técnica decorativa. Sin embargo es mucho más que eso, porque no sólo aporta destreza o un exquisito refinamiento en la composición floral, sino que su profundo estudio nos permite comprender más sobre la naturaleza de las flores, que es el camino de nosotros mismos. Para ser Maestros en este arte, se necesitan muchos años de entrenamiento, bajo la mirada experta de un Maestro. 

    Un Maestro de Ikebana inicia la clase desanudando con mucho cuidado  la cinta de rafia que mantiene unidas las flores y las ramas, y las deposita a un lado. Luego examina las distintas ramas y elige las mejores, las dobla atentamente, y les da la forma según el papel que han de desempeñar en el conjunto, ya que el arreglo floral se basa en el principio de tres: cielo, tierra  y hombre. Y finalmente las reúne en un florero que ha escogido previamente. En el ciclo de tres, el hombre se halla a mitad de camino entre el cielo y la tierra. Recibe su alimento espiritual del cielo metafísico mientras su cuerpo está sustentado por raíces terrestres. El discípulo de Ikebana debe trabajar hasta lograr la armonía de estos principios dentro de sí mismo. 

    En todas las artes zen la finalidad es la misma aunque las formas sean diferentes. El discípulo entiende que el estado espiritual apropiado se alcanza cuando los preparativos y la creación, la artesanía y el arte, lo material y lo espiritual, se funden en un solo contenido. El Ikebana nos enseña cómo debemos afrontar la vida: con autocontrol, paz interior y justicia, buscando el camino correcto.

    Algo que ha caracterizado al ser humano desde siempre, sea de donde sea, es la búsqueda. Todos buscamos algo. La práctica de estas actividades, como la mayoría de las disciplinas japonesas, por no decir todas, requiere un estado de ánimo especial. Hay que liberarse de las preocupaciones mundanas y así lograremos contactar con nuestra parte más excelsa, con nuestra parte verdadera, con nuestro Espíritu.

Marcelo Pena

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Mitología Greco-Romana

 

La espiritualidad, tras los siglos de materialismo y positivismo que la eclipsaron, vuelve a renacer en las sociedades modernas, a la par que múltiples aspectos de la medicina antigua y concepciones arcaicas sobre el universo regresan y ocupan un lugar principal en las ideas de los científicos y pensadores modernos. Ya en la antigua Grecia, Pitágoras y Platón afirmaban que el universo es un inmenso ser vivo, un “macro-bios”, una gran vida; los teóricos de la Mecánica Cuántica han superado la concepción del universo como un mecanismo y hablan de un enorme organismo.

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        Dentro de este nuevo renacimiento de concepciones antiguas, la Mitología, esto es, la descripción de la vida de la naturaleza, desde las potencias primeras hasta los fenómenos, regresa con fuerza ofreciendo unas claves para descubrir quienes somos, de donde venimos y hacia donde vamos. Investigadores como Laura Winckler, Helena P. Blavatsky, J. A. Livraga, Fernand Schwarz, Mircea Eliade, Shinoda Bulen, entre otros,  han llamado la atención sobre la riqueza epistemológica que veladamente contienen los mitos.

        El principal obstáculo para aprovechar la Mitología es su enorme antigüedad. Lo que ha llegado hasta nuestros días son fragmentos de unas religiones arcaicas, pero sin el contexto ideológico correspondiente. Por ejemplo, hoy conocemos el mito de la diosa Deméter y su hija Perséfone, raptada por el dios del inframundo, Plutón. Sabemos que en la Grecia Clásica, sobre todo en la zona de Eleusis, se realizaban ceremonias y se celebraban misterios relacionados con estos dioses. Pero no se han conservado las ideas que fundamentaban esas ceremonias y ese culto; no ha llegado hasta nuestros días la organización de ese culto ni la elevación de la conciencia que los griegos de aquellas épocas alcanzaban a través del culto a sus dioses.

        Es por esta razón que muchas personas creen que la mitología es simplemente una serie de relatos ficticios que los poetas antiguos inventaron para explicarse el universo en el que vivían. Es verdad que el término “mito” proviene del griego “mythos” que significa “relato”, “narración”; pero un relato no tiene por qué ser ficticio. Todos los sabios antiguos y los fundadores de las grandes religiones, han usado relatos, parábolas y cuentos para describir la naturaleza humana y el universo y los científicos que realizan una labor divulgativa de sus respectivas disciplinas, usan relatos, ejemplos, metáforas y analogías para explicar realidades.

        La Historia nos cuenta, por ejemplo, que Troya era una ciudad estado que mantenía una rivalidad con otra potencia, Micenas. Entre ellas hubo guerra y  destrucción. El mito nos relata la causa psicológica de la guerra de Troya: el heroísmo. Por lo tanto, así como no negamos realidad a nuestras motivaciones psicológicas, tampoco los mitos son mentiras bellamente contadas, sino relatos de realidades más profundas.

        Lo que tomamos como mitología griega es, en realidad, un renacimiento de las religiones de los grandes reinos arcaicos de Creta, Micenas y de la misma Troya. Hesíodo y Homero son compiladores de un material preexistente. Ya desde el III milenio a.c. se advierten rasgos de una civilización mediterránea, con centro en Creta. Esta civilización egea se extendió al continente desde Micenas, ciudad arrasada en el siglo XII a.c. por la invasión doria. De aquella época son los dioses principales de la mitología griega. Hesíodo compilará la historia sagrada griega en la obra “La Teogonía”, es decir, el origen de los dioses. Esta obra parece ser una reedición de viejos tratados de antigüedad indeterminada.

        Cuenta Hesíodo que en el principio estaba el Caos, símbolo de la deidad latente, del espacio cósmico embrionario. Luego se diferencia Gea y de esta aparece Uranos. De estos dos grandes dioses nace la primera dinastía olímpica formada por los 12 titanes, los 3 ciclopes y los 3 hecatónquiros. Uno de los titanes, Cronos, destierra a su padre y uniéndose a su hermana Rea, alumbran a la segunda dinastía olímpica, constituida por Poseidón, Hades, Hestia, Deméter, Hera y Zeus. De Zeus nacerá la tercera dinastía olímpica: Ares, Hefaistos, Hebe, Atenea, Temis, las Parcas, Mnemosine (madre de las Musas), las tres Gracias, Hermes, Apolo, Artemisa, Perséfone, Cástor y Pólux, etc.

        La mitología romana es el fruto de una simbiosis con las culturas con las que Roma tomó contacto. Curiosamente, la más importante de las conquistas militares romanas -Grecia- se revirtió en el sentido cultural y religioso, ya que los símbolos romanos se van a helenizar. Permanecerán, no obstante, características propiamente romanas. Destaca el hondo eclecticismo de la religiosidad romana, recibiendo influencias desde todas las culturas del imperio. Los orígenes de la mitología romana llegan desde dos vías: la vía griega desde el siglo VIII a.c.; y la vía itálica a través de los etruscos, sabinos, albanos, etc. Los dioses, ante los ojos del pueblo romano, asumen un aspecto práctico y moral. El romano no es excesivamente metafísico y se acerca a sus deidades directamente, haciéndolas partícipes de todos los aspectos de su vida.

    Teniendo en cuenta la gran importancia que los romanos concedieron siempre a la organización de su estado y a la familia, la mayoría de deidades poseen relación con alguno de estos aspectos de la vida: individuo, familia y estado.

       Dioses relacionados con el estado: Jano, Marte, Júpiter, Juno, Vesta, Vulcano, Saturno, Minerva, Mercurio. Relacionados con la agricultura: Fauno, Ceres, Diana, Vertumno, Venus. Héroes divinizados: Hércules, Rómulo y Remo, Eneas. Divinidades de la familia: Genio, Penates, Lar. Divinidades orientales: Cibeles, Isis, Seraphis y Mitra.

        Uno de los mitos que más repercusión tuvo en Grecia y Roma fue el de Prometeo. Él, cuya característica fundamental era la previsión, y su hermano Epimeteo -el que reflexiona una vez ha actuado-, tuvieron que repartir dones entre animales y hombres. Epimeteo consiguió que su hermano le dejara hacer el reparto por sí mismo. Reparte sin medida entre los animales y al final nada le quedó para los hombres, los que permanecerán con un tipo de vida primitiva viviendo en el fondo de las cavernas. Prometeo tiene que buscar una solución para salvar a la humanidad y es cuando roba el fuego de los dioses. Este fuego es un símbolo de la mente, de esa mente que toma conciencia de las cosas eternas, del destino y de la inmortalidad del alma. Pero Zeus castiga a Prometeo por el latrocinio. Es encadenado en las cumbres del monte Cáucaso, mientras un águila le devora el hígado, que vuelve a crecer inexorablemente por las noches para eternizar el castigo. Un héroe, Heracles,  lo liberará colocándose en su puesto.

        La enseñanza que nos transmite este mito es clara como la luz del día: necesitamos activar la mente superior que permite valorar en su justa medida los actos cotidianos. Si corremos irreflexivos en la búsqueda de conseguir cosas y nos olvidamos del mañana y de lo más importante en la vida, nunca acabarán los males para la humanidad. Prometeo es el símbolo del ser humano que logra la conciencia de sí mismo y de su destino en la larga vida del Cosmos.       

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Ártico espiritual

 

Los inuits continúan siendo el grupo humano más sorprendente del planeta. Incluso se ha llegado a afirmar que son la gente más “feliz” del mundo. El pastor Biar los llamó “esquimales”, adoptando así la palabra que, con el significado de “comedores de carne cruda”, viene probablemente de la palabra de los indios wabanaki eskimantsik. Por ello la palabra «esquimal», tiene un sentido despectivo para estas poblaciones árticas que se llaman a sí mismos «inuit»(en su lengua significa «la gente»). 

    Desde el punto de vista geográfico, debemos de tener presente que las poblaciones inuit se extienden a lo largo de unos 5.150 kilómetros y dentro de esta vasta extensión se encuentran muy diversas etnias y pueblos.  Inicialmente basaron su economía en la caza y la pesca, para lo cual empleaban utensilios nativos, elaborados con materiales naturales: arpones, cuchillos, kayaks, etc. Cada asentamiento estaba integrado por varias casas unifamiliares. Las viviendas de estas comunidades, son los iglúes, vocablo que en lengua inuit significa «casa». El conocido iglú de hielo, sólo es empleado en situaciones de emergencia.

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     La organización social inuit, antes de la llegada de los europeos, se asentaba sobre el núcleo familiar. Cada familia es un ente autónomo, que mantiene relaciones de amistad y cooperación con sus vecinos. Las relaciones sociales se fundamentan en la solidaridad y la cooperación. Los negocios e intercambios se llevaban a cabo sin regateo, siendo la ley comercial la hospitalidad y la generosidad. La tacañería se ha considerado siempre socialmente deplorable. Entre los esquimales un ladrón es ridiculizado por el grupo, mientras que al egoísta basta con ignorarle. En caso de asesinato, la justicia se cumplía mediante la venganza personal.

        En lengua inuit, la noción clave del mundo sobrenatural con sus poderes, sus dioses y sus espíritus, es inua, que significa “su señor, su persona”. Para los inuit todo lo que existe posee un alma. Todo está interrelacionado en el espacio y en el tiempo. En el espacio por las conexiones entre las diferentes dimensiones visibles e invisibles del universo; en el tiempo, por los ciclos dinámicos que recorren todas estas dimensiones. El verdadero ser humano no es el cuerpo, sino el alma, representada por el nombre, de ahí que, como los indios pieles rojas y tantas otras culturas antiguas, el nombre es algo que debe conquistar cada uno, cada uno debe lograr conocerse a sí mismo.

    Todo en la naturaleza y en el mundo animal tiene su genio protector. La divinidad suprema de la tierra y del cielo lleva el nombre de Sila. Es la diosa del aire, del mundo y de la sabiduría, a la manera de la Isis egipcia que es la diosa del conocimiento secreto y del espacio, madre de la naturaleza. Toda la naturaleza, es gobernada en última instancia por Sila por medio del viento, la tempestad de nieve, las nubes y las lluvias, así como por el mar y la atmósfera, que desempeñan un gran papel en la vida del inuit y son a menudo de una importancia decisiva en su vida de cazador y pescador.

       En la superficie de la tierra, los seres sobrenaturales, “señores” de la tierra con sus montañas, sus tundras, sus lagos, fueron objeto de veneración. Los mamíferos marinos( ballenas, morsas, focas), los peces, los animales de la tierra y el cielo, todos ellos provisto de una alma (inua), fueron objeto de veneración a través de ritos y ceremonias. La negligencia de esos ritos provocaba la cólera del genio del animal. Esta cólera tenía como consecuencia que los animales desaparecieran y los seres humanos se vieran abrumados por el hambre y la enfermedad. No se podía entonces reestablecer el orden del mundo y la armonía entre los hombres y los animales sino mediante un complejo ceremonial en el que se refleja la necesidad de armonía de los inuit con los demás seres vivos. Y este ha sido siempre el sentido de las ceremonias, lograr unirse a la naturaleza y al cosmos, buscando la armonía y la unión con ese universo al que se pertenece.

     En lo que concierne a los ritos de caza, debían garantizar al animal abatido un trato adecuado, mediante la conservación de algunas partes del cuerpo, sobre todo de la vejiga, depositaria del alma, para que pueda reencarnar adecuadamente y estar contento en su nuevo renacimiento. Curiosamente, la vejiga siempre ha sido considerada símbolo del mundo intermedio entre el cielo y la tierra, el elemento de comunicación entre dios y los hombres. Es equivalente a la Vejiga piscis, en el Cristianismo primitivo, símbolo de Cristo, el intermediario entre el Padre y los hijos. La vejiga del pez tiene forma de semilla, es la mandorla sacra, la semilla sagrada del Pantocrator románico, es el Skanda de los hindúes, la semilla que contiene lo que no muere, lo que pasa de una vida a otra, aquello que vence la aparente muerte y renace con la potencialidad de lo aprendido anteriormente.

    Para los inuits, nada muere, todo reencarna. El hombre está compuesto de un cuerpo, un nombre y un alma inmortal. Tras la muerte del cuerpo, el alma se dirige hacia un paraíso, localizado en el mundo subterráneo, o hacia un mundo de hambre y frío localizado en el mundo de arriba. Los inuits ven el cosmos como constituido por varios mundos, visibles e invisibles, interconectados, evolucionando simultáneamente y en los cuales ellos participan de varias maneras. La reencarnación pertenece al proceso dinámico de relaciones entre estos mundos. Los inuits dan al recién nacido el nombre de un miembro difunto de la familia cuando piensan que el bebé es su reencarnación. Dar al recién nacido el nombre de un antepasado quiere decir que esta nueva persona es de hecho este antepasado, o que éste se conecta mágicamente a la nueva persona, o que está protegida por la línea de los antepasados y los totems.

        En la educación de los inuits la reencarnación ocupa un lugar muy especial. Para ellos la educación está basada en el despertar de memorias que remontan más lejos que la existencia actual. Aprender es recordar, como enseñaba Platón. Piensan que la observación atenta es el medio de aprender. A partir de aquí, la vida en curso es desarrollo y enriquecimiento. La educación inuit implica mucho más que una simple programación del cerebro, una puesta en marcha del ser humano integral, pretendiendo que aproveche la vida aprendiendo a vivir.

      El chaman inuit, anqakoq o tonralik,  se encarga de asegurar el alimento y de restablecer la armonía entre los hombres y los seres del mundo sobrenatural cuando se rompe. Cuando las ofensas de las personas desequilibraban el Universo, el chamán puede volar al mundo de los espíritus y servir de mediador con ellos, con el fin de restablecer la armonía. También hay mujeres chamanes, cuya principal actividad es curar.

    La gente inuit tiene muchos tabúes, rituales y ceremonias que significan una forma de vida armoniosa y ecológica. El respeto es, por lo tanto, un elemento clave para la espiritualidad inuit. Para el inuit el ser humano, está integrado dentro de la Naturaleza y no es un elemento que permanezca al margen de ésta. La humanidad, la tierra y los animales están unidos no sólo físicamente, sino también ética y espiritualmente, ya que todos forman parte del mismo universo moral.

      El hombre llamado civilizado -en comparación con pueblos menos desarrollados tecnológicamente-, debe aprender mucho de la espiritualidad de aquellas gentes, si quiere preservar su esencia humana. Muchos vivimos en sociedades donde se preserva el cuerpo, pero donde lo interno, lo verdaderamente importante, lo que da sentido a lo externo, se debilita y muere por falta de alimento adecuado.

      La filosofía es alimento apropiado porque través de las preguntas fundamentales que todos los seres humanos nos hacemos, ¿quién soy?, de dónde vengo?, ¿hacia dónde voy?, cultivamos el conocimiento de nosotros mismos. Y en lo profundo, se descubre que tanto inuits, como europeos, americanos, orientales, etc., tenemos en común nuestro origen, nuestra esencia y nuestro destino.

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El calendario Azteca

 

El calendario azteca cuyo verdadero nombre es Cuauhxicalli, data de la época del emperador Axayacatl, el sexto rey azteca, y fue utilizado hasta el año 1.521, ocupando un lugar destacado en el templo Mayor de Tenochtitlán. Pero cuando los españoles destruyeron toda la ciudad, quedó enterrado y no volvería a ver la luz hasta el 17 de diciembre de 1.790, cuando fue encontrado durante las obras de construcción de la nueva catedral de ciudad de México. Se trata de una piedra basáltica circular, de 3,56 m de diámetro y un peso de 25 toneladas. Esta famosa “Piedra del Sol” reúne al mismo tiempo fórmulas matemáticas para el cómputo del tiempo y una serie de claves para la interpretación de los signos astrológicos.    Está compuesta por un conjunto de signos en bajorrelieve y trabajada con una técnica y finura impresionantes. Es como un libro abierto del que tenemos mucho que aprender todavía. Podemos observar también una serie de relaciones muy interesantes. Si multiplicamos el diámetro del segundo círculo que mide 1,59 m, que como dato curioso, es la altura media del indio mexica, por la raíz cuadrada de 5 (ellos decían que estaban en la quinta era), nos da como resultado 3,56 que es el diámetro de toda la piedra. Y si multiplicamos el diámetro de la figura central que es de 71 cm. por la raíz cuadrada de 5, obtenemos el resultado de 1,59 que es el diámetro de la parte central.

    En estos signos enigmáticos están guardados muchos de los conocimientos de los pueblos precolombinos en materia de astronomía, religión, filosofía, etc.

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    La piedra se compone de ocho círculos concéntricos, que forman coronas circulares. Si realizamos la lectura desde el centro, vemos que el primer círculo está formado por la figura del Sol, Ollín Tonatiuh, con forma de rostro humano, y sus dos garras para fijarse en el Universo. Es el símbolo del movimiento, del despertar de la conciencia, que tiene que ver con ese cruce de caminos, y en el punto de cruce, ese quinto movimiento, pero ascendente; fuente de vitalidad y de creación de la quinta era.

    El segundo círculo está formado por cuatro símbolos en cruz que representan el fin de las cuatro eras precedentes: Ocelotonatiuh (Sol de Jaguar), Atonatiuh (Sol de Agua), Ehecatonatiuh (Sol de Viento), y Quiauhtonatiuh (Sol de Lluvia de Fuego). Están vinculados con los cuatro elementos de la Naturaleza: tierra, agua, aire y fuego; o en otra lectura también representan los cuatro puntos cardinales.

    El tercer círculo era el anillo de los días, y lo componen veinte elementos decorativos llamados tonallis que representan los veinte días del mes azteca, (el año civil tenía 18 meses de 20 días más 5 días Nemontemi que ellos le llamaban nefastos, en los que no se hacía ningún tipo de ceremonia).

    El cuarto está compuesto por cuarenta cuadrados en forma de ornamento de jade o turquesa con cinco tresbolillos cada uno que son el símbolo del Quincunce y están relacionados con Venus, porque sabemos que cada 5 vueltas que da Venus alrededor del Sol, la Tierra hace 8 revoluciones sinódicas, por tanto multiplicando 5×8 obtenemos 40, que es el número de cuadrados que componen este cuarto círculo.

    El quinto círculo está compuesto por ochenta figuras en forma de arco y representan a Mercurio.

    El sexto lo componen tres rayas paralelas con un doble círculo concéntrico, y hacen referencia a Marte.

    El séptimo está compuesto por sesenta y cuatro figuras que representan a Júpiter. Estos círculos, del 4º al 7º, son los anillos del cómputo de los años.

    En el circulo exterior, llamado de la Vía Láctea porque representa el cielo, se reúnen dos serpientes llameantes, con la cabeza hacia abajo y escupiendo, como dos rostros que representan el día y la noche, el yin y el yang. Estas serpientes nacen del jeroglífico del 13 de acatl, que indica la fecha de la celebración del Fuego Nuevo. El cuerpo de estas serpientes está dividido en 13 partes cada una incluidas las cabezas, que representan las 13 constelaciones del cielo azteca. La 13ª constelación, Mamalhuaztli, la constelación de Orión, está superpuesta en la 12ª, y en el momento en que esta constelación de Mamalhuaztli se encuentre en el cenit, a medianoche, cosa que ocurre cada 52 años, realizaban las fiestas del Fuego Nuevo.

    El sistema de calendarios de este pueblo era complejo, ya que hacían coincidir el ritual, o religioso, de 260 días y otro solar de 365 días. La perfecta correspondencia entre ambos calendarios se hacía cada 52 años, en las fiestas del Fuego Nuevo. Este calendario de 260 días (tonalpohualli) se establecía por la combinación de 20 signos y 13 cifras. Lo usaban los sacerdotes adivinatorios en función de la fecha de nacimiento del niño, era como hacerle una carta astral, pero sabiendo que según el día de nacimiento ese niño iba a predisponer de cierto carácter, los sacerdotes lo que hacían era aconsejar a los padres para que el niño pudiera desarrollar al máximo sus virtudes y ayudarle a superar los defectos.

Marcelo Pena

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Índice:

 

Artículos:

El calendario Azteca

¿En que no piensan los politicos?

JAPÓN, la armonía del movimiento

Mitología Greco-Romana

Ártico espiritual

¡Que viene el lobo! sobre el miedo

El Agua

La torre de Canyamel

El principito, fuente de juventud

¿Talayots?

Lao tse y el Tao

Cómo superar nuestros límites

El Bhagavad Gita para todos

Dragones ¿qué hay de nuevo qué hay de viejo?

El pasado existe

Egiptomanía

El mito de la caverna y sus remakes

Filosofía: preguntas y respuestas

     

Ciencia para poetas:

¿De dónde vengo se preguntó el universo?

¿Cuál es la edad de la tierra?

La unión hace la fuerza

Los despistes de Sir Isaac Newton y Mario Benedetti

Nada se crea nada se destruye todo se transforma

Las edades del hombre

¿Qué es el sonido?

¿Qué es el color?

     

Inventos con historia:

El retrete

La armadura

El alfiler

Toallitas de papel, Kleeflex

Pintura explicada:

Las hilanderas

Venus y Marte

El juicio de Paris

La escuela de Atenas

La creación de Adán

Notícias de interés:

Poesías, poemas y cuentos:

Te quiero “Mario Benedetti”

Hagamos un trato “Mario Benedetti”

Breve biografía de Mario Benedetti

Los pitagóricos Damón y Pítias

Canción del pirata “José Esponceda”

Táctica y estrategia “Mario Benedetti”

El día que me quieras “Amado Nervo”

Amor a la patria “Miquel Costa i Llobera

Los motivos del lobo “Rúben Darío”

En paz “Amado Nervo”

Glossa 1883 “Eminescú”

Soneto de fidelidad “Vinícius de Moraes”

No digáis que agotado su tesoro “Bécquer”

Enfrentar mil ejercitos “Mª Ángeles Reina”

Humor:

Frases imperdibles de les Luthiers

Dudas filosóficas

Sabiduría materna

Quins principis 

Comentarios desactivados

Te quiero

 

     Tus manos son mi caricia,

mis acordes cotidianos;

te quiero porque tus manos

trabajan por la justicia.

    

     Si te quiero es porque sos

mi amor, mi cómplice, y todo.

Y en la calle codo a codo

somos mucho más que dos.

    

     Tus ojos son mi conjuro

contra la mala jornada;

te quiero por tu mirada

que mira y siembra futuro.

    

     Tu boca que es tuya y mía,

Tu boca no se equivoca;

te quiero por que tu boca

sabe gritar rebeldía.

    

     Si te quiero es porque sos

mi amor mi cómplice y todo.

Y en la calle codo a codo

somos mucho más que dos.

    

     Y por tu rostro sincero.

Y tu paso vagabundo.

Y tu llanto por el mundo.

Porque sos pueblo te quiero.

    

     Y porque amor no es aurora,

ni cándida moraleja,

y porque somos pareja

que sabe que no está sola.

    

     Te quiero en mi paraíso;

es decir, que en mi país

la gente vive feliz

aunque no tenga permiso.

    

     Si te quiero es por que sos

mi amor, mi cómplice y todo.

Y en la calle codo a codo

somos mucho más que dos.

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Hagamos un trato

 

     Compañera, usted sabe

que puede contar conmigo,

no hasta dos ni hasta diez

sino contar conmigo.

  

     Si algunas veces advierte

que la miro a los ojos,

y una veta de amor

reconoce en los míos,

no alerte sus fusiles

ni piense que deliro;

a pesar de la veta,

o tal vez porque existe,

usted puede contar

conmigo.

   

     Si otras veces me encuentra

huraño sin motivo,

no piense que es flojera

igual puede contar conmigo.

   

     Pero hagamos un trato:

yo quisiera contar con usted,

es tan lindo saber que usted existe,

uno se siente vivo;

y cuando digo esto

quiero decir contar

aunque sea hasta dos,

aunque sea hasta cinco.

    

     No ya para que acuda

presurosa en mi auxilio,

sino para saber

a ciencia cierta

que usted sabe que puede

contar conmigo.

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Breve biografía Mario Benedetti

 

    Nació en Uruguay, de padres italianos, en 1920.  Hombre polifacético, ha escrito numerosos libros, ensayos, poemas y artículos periodísticos.  Su larga trayectoria comenzó en 1945, fundando el semanario “Marcha” y colaborando a lo largo de esos años en multitud de publicaciones.  Desde 1971 se integró activamente en la coalición de izquierdas de su país “Frente Amplio”.  Tras el golpe de Estado de 1973 abandona su cargo en la universidad y ese compromiso político en su tierra natal le llevó al exilio, primero a Buenos Aires y posteriormente a España durante diez años. En 1983 vuelve a Uruguay y se reencuentra con su esposa, que se vio obligada a permanecer todos esos años cuidando a las madres de ambos.  Ha sido galardonado en  multitud de  ocasiones y en diversos países, y caben destacar, como simple botón de muestra, en 1999 el Premio Reina Sofía de Poesía y en 2005 el Premio Internacional Menéndez Pelayo.  En el año 1997 fue nombrado Doctor Honoris causa por la Universidad de Alicante.

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     Cabe destacar en su personalidad una defensa acérrima de los valores cívicos, así como de la libertad y de la igualdad, que bien se reflejan en sus escritos que hoy nos permitimos traer a este recital, como son el comprometido “El sur también existe”, el de sentido más emocional “Hombre preso que mira a su hijo” y el muy ingenioso y atrevido “Embarazoso panegírico de la muerte”.

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