Mitología Greco-Romana

La espiritualidad, tras los siglos de materialismo y positivismo que la eclipsaron, vuelve a renacer en las sociedades modernas, a la par que múltiples aspectos de la medicina antigua y concepciones arcaicas sobre el universo regresan y ocupan un lugar principal en las ideas de los científicos y pensadores modernos. Ya en la antigua Grecia, Pitágoras y Platón afirmaban que el universo es un inmenso ser vivo, un “macro-bios”, una gran vida; los teóricos de la Mecánica Cuántica han superado la concepción del universo como un mecanismo y hablan de un enorme organismo.

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        Dentro de este nuevo renacimiento de concepciones antiguas, la Mitología, esto es, la descripción de la vida de la naturaleza, desde las potencias primeras hasta los fenómenos, regresa con fuerza ofreciendo unas claves para descubrir quienes somos, de donde venimos y hacia donde vamos. Investigadores como Laura Winckler, Helena P. Blavatsky, J. A. Livraga, Fernand Schwarz, Mircea Eliade, Shinoda Bulen, entre otros,  han llamado la atención sobre la riqueza epistemológica que veladamente contienen los mitos.

        El principal obstáculo para aprovechar la Mitología es su enorme antigüedad. Lo que ha llegado hasta nuestros días son fragmentos de unas religiones arcaicas, pero sin el contexto ideológico correspondiente. Por ejemplo, hoy conocemos el mito de la diosa Deméter y su hija Perséfone, raptada por el dios del inframundo, Plutón. Sabemos que en la Grecia Clásica, sobre todo en la zona de Eleusis, se realizaban ceremonias y se celebraban misterios relacionados con estos dioses. Pero no se han conservado las ideas que fundamentaban esas ceremonias y ese culto; no ha llegado hasta nuestros días la organización de ese culto ni la elevación de la conciencia que los griegos de aquellas épocas alcanzaban a través del culto a sus dioses.

        Es por esta razón que muchas personas creen que la mitología es simplemente una serie de relatos ficticios que los poetas antiguos inventaron para explicarse el universo en el que vivían. Es verdad que el término “mito” proviene del griego “mythos” que significa “relato”, “narración”; pero un relato no tiene por qué ser ficticio. Todos los sabios antiguos y los fundadores de las grandes religiones, han usado relatos, parábolas y cuentos para describir la naturaleza humana y el universo y los científicos que realizan una labor divulgativa de sus respectivas disciplinas, usan relatos, ejemplos, metáforas y analogías para explicar realidades.

        La Historia nos cuenta, por ejemplo, que Troya era una ciudad estado que mantenía una rivalidad con otra potencia, Micenas. Entre ellas hubo guerra y  destrucción. El mito nos relata la causa psicológica de la guerra de Troya: el heroísmo. Por lo tanto, así como no negamos realidad a nuestras motivaciones psicológicas, tampoco los mitos son mentiras bellamente contadas, sino relatos de realidades más profundas.

        Lo que tomamos como mitología griega es, en realidad, un renacimiento de las religiones de los grandes reinos arcaicos de Creta, Micenas y de la misma Troya. Hesíodo y Homero son compiladores de un material preexistente. Ya desde el III milenio a.c. se advierten rasgos de una civilización mediterránea, con centro en Creta. Esta civilización egea se extendió al continente desde Micenas, ciudad arrasada en el siglo XII a.c. por la invasión doria. De aquella época son los dioses principales de la mitología griega. Hesíodo compilará la historia sagrada griega en la obra “La Teogonía”, es decir, el origen de los dioses. Esta obra parece ser una reedición de viejos tratados de antigüedad indeterminada.

        Cuenta Hesíodo que en el principio estaba el Caos, símbolo de la deidad latente, del espacio cósmico embrionario. Luego se diferencia Gea y de esta aparece Uranos. De estos dos grandes dioses nace la primera dinastía olímpica formada por los 12 titanes, los 3 ciclopes y los 3 hecatónquiros. Uno de los titanes, Cronos, destierra a su padre y uniéndose a su hermana Rea, alumbran a la segunda dinastía olímpica, constituida por Poseidón, Hades, Hestia, Deméter, Hera y Zeus. De Zeus nacerá la tercera dinastía olímpica: Ares, Hefaistos, Hebe, Atenea, Temis, las Parcas, Mnemosine (madre de las Musas), las tres Gracias, Hermes, Apolo, Artemisa, Perséfone, Cástor y Pólux, etc.

        La mitología romana es el fruto de una simbiosis con las culturas con las que Roma tomó contacto. Curiosamente, la más importante de las conquistas militares romanas -Grecia- se revirtió en el sentido cultural y religioso, ya que los símbolos romanos se van a helenizar. Permanecerán, no obstante, características propiamente romanas. Destaca el hondo eclecticismo de la religiosidad romana, recibiendo influencias desde todas las culturas del imperio. Los orígenes de la mitología romana llegan desde dos vías: la vía griega desde el siglo VIII a.c.; y la vía itálica a través de los etruscos, sabinos, albanos, etc. Los dioses, ante los ojos del pueblo romano, asumen un aspecto práctico y moral. El romano no es excesivamente metafísico y se acerca a sus deidades directamente, haciéndolas partícipes de todos los aspectos de su vida.

    Teniendo en cuenta la gran importancia que los romanos concedieron siempre a la organización de su estado y a la familia, la mayoría de deidades poseen relación con alguno de estos aspectos de la vida: individuo, familia y estado.

       Dioses relacionados con el estado: Jano, Marte, Júpiter, Juno, Vesta, Vulcano, Saturno, Minerva, Mercurio. Relacionados con la agricultura: Fauno, Ceres, Diana, Vertumno, Venus. Héroes divinizados: Hércules, Rómulo y Remo, Eneas. Divinidades de la familia: Genio, Penates, Lar. Divinidades orientales: Cibeles, Isis, Seraphis y Mitra.

        Uno de los mitos que más repercusión tuvo en Grecia y Roma fue el de Prometeo. Él, cuya característica fundamental era la previsión, y su hermano Epimeteo -el que reflexiona una vez ha actuado-, tuvieron que repartir dones entre animales y hombres. Epimeteo consiguió que su hermano le dejara hacer el reparto por sí mismo. Reparte sin medida entre los animales y al final nada le quedó para los hombres, los que permanecerán con un tipo de vida primitiva viviendo en el fondo de las cavernas. Prometeo tiene que buscar una solución para salvar a la humanidad y es cuando roba el fuego de los dioses. Este fuego es un símbolo de la mente, de esa mente que toma conciencia de las cosas eternas, del destino y de la inmortalidad del alma. Pero Zeus castiga a Prometeo por el latrocinio. Es encadenado en las cumbres del monte Cáucaso, mientras un águila le devora el hígado, que vuelve a crecer inexorablemente por las noches para eternizar el castigo. Un héroe, Heracles,  lo liberará colocándose en su puesto.

        La enseñanza que nos transmite este mito es clara como la luz del día: necesitamos activar la mente superior que permite valorar en su justa medida los actos cotidianos. Si corremos irreflexivos en la búsqueda de conseguir cosas y nos olvidamos del mañana y de lo más importante en la vida, nunca acabarán los males para la humanidad. Prometeo es el símbolo del ser humano que logra la conciencia de sí mismo y de su destino en la larga vida del Cosmos.       

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