JAPÓN, la armonía del movimiento

Japón es un país de arraigadas costumbres y ceremonias. Entre ellas podemos encontrar la ceremonia del té, que en japonés recibe el nombre de Chanoyu. Históricamente Japón introduce el té alrededor del siglo VIII, procedente de China. Cuenta la leyenda que Bodhidharma se propuso estar diez años en meditación, pero el sueño que trataba de vencerlo hacía caer los párpados sobre sus ojos, así que el Maestro se los arrancó y los arrojó lejos, y en el lugar donde cayeron brotó la planta del té. El Maestro Bodhidharma fue quien llevó el budismo desde la India a la China alrededor del año 532, donde en contacto con el taoísmo da lugar al Chan, una doctrina que es introducida en Japón por Eisai y Dogen sobre el año 1.200.

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    Los discípulos de Bodhidharma, instituyeron el rito del té al tomarlo ante una estatua de su Maestro, evitando con esto la fatiga y la  somnolencia que les producían las largas horas de meditación. La ceremonia del té es considerada también otra de las artes Zen, y tiene tres momentos fundamentales: el uso del té como medicina, la etapa suntuosa, en la que las ceremonias tenían un alto contenido de ostentación y lujo, y finalmente la etapa que podríamos llamar estética. El Maestro de té Zen-no-Rikyu quien le dio a la ceremonia del té las características que mantiene en la actualidad. La filosofía del té no es una simple estética, porque nos ayuda a expresar nuestra concepción integral del hombre y la Naturaleza. Por eso el elemento por excelencia es la actitud de los asistentes a la ceremonia, sus maneras, sus palabras, y eso refleja una actitud de armonía y respeto, que se convierte en la ceremonia de la convivencia, en el culto a la cortesía. 

    El Chanoyu es el símbolo del esfuerzo de los japoneses por conseguir el reconocimiento de la verdadera belleza, que reside en la sencillez y la simplicidad. Las estrictas normas de etiqueta del Chanoyu, que parecen complicadas y difíciles a primera vista, están calculadas para conseguir la mayor economía posible de movimientos y son un regalo para la vista, sobre todo si el que las lleva a cabo es un Maestro experimentado.

    El Zen ha tenido una enorme influencia en todos los aspectos de la vida tradicional japonesa. Además del Chanoyu, también se incluyen las artes de la pintura, la caligrafía, el diseño de jardines, los arreglos florales, y las artes marciales como el tiro con arco, el manejo del sable, el judo, el karate, etc. Cada una de estas actividades es conocida en Japón como un Do, como un camino o una vía hacia la Iluminación. Pero no un camino cualquiera. Do es un camino trascendente y ascendente.               

    Una de esas vías o caminos era la de los samuráis. Los samuráis eran la clase guerrera, también llamados bushi y constituían la casta militar del antiguo Japón feudal. Eran soldados al servicio del señor feudal o Daimyo. El período feudal japonés duró desde fines del siglo XII hasta mediados del XIX y mantuvo unas rígidas estructuras jerárquicas y un estricto código ético para la clase guerrera, conocido como Bushido, la vía del guerrero. El entrenamiento de un samurái comenzaba desde la más tierna infancia y duraba toda su vida. Le llevaba a estar preparado para hacer frente a cualquier situación y salir victorioso, cualesquiera que fuesen las condiciones. Pero no se trataba de aprender sólo a luchar, sino a hacerlo siguiendo unas reglas de combate, donde el adversario era tratado de un modo caballeresco. Todo estaba reglamentado por su código de honor: el Bushido. El código del Bushido gobernaba el comportamiento del samurái y el samurái gobernaba a su espada, por lo que la espada debía expresar los principios del Bushido. Un samurái debía ser valeroso, honorable, motivado por un deseo de actuar con rectitud y justicia, poseedor de un gran dominio de sí mismo y capaz del autosacrificio. La pérdida del honor llevaba al samurái a hacerse Seppuku, el ritual del Hara-Kiri. 

    Otra de las artes Zen es el tiro con arco, el Kyudo. Siglos atrás en Japón, el tiro con arco era considerada la disciplina más elevada del guerrero samurái. Los arcos, construidos de bambú, tenían una gran elasticidad y medían casi dos metros de longitud. La técnica para tensar la cuerda es hacerlo sin aplicar fuerzas extremas, sino procurar que trabajen únicamente las manos, dejando totalmente relajados los músculos de los brazos y de los hombros. La respiración tiene un papel muy importante, ya que hacerlo bien permite descubrir el origen de toda fuerza espiritual, y ayuda a relajarse. Después de lograr tensar el arco relajadamente, que por lo general suele llevar mucho tiempo, el tirador está preparado para otra tarea muy difícil, que es disparar. Este movimiento es muy difícil de lograr porque no tiene que haber ninguna intención de hacerlo. Cuanto más se empeñe el tirador en acertar en el blanco, más se alejará de ello. Hay que aprender a esperar, por eso es necesario desprenderse de sí mismo, quedando de esta forma sólo el estado de tensión del tirador, sin intención alguna. El arquero se enfrenta consigo mismo, y será a la vez el que acierta y es acertado, el tirador se convierte en el centro inmóvil. Es entonces cuando surge lo último y lo más excelso. El arco y la flecha son en sí un pretexto o un camino hacia la meta y no la meta misma. Pero, ¿cuál es la meta? La meta es conseguir ese estado espiritual, donde se reconoce la genuina presencia del espíritu. Esto es esencial para todo aquel que practique un arte así.

    Los japoneses también le dedicaban mucho tiempo al Ikebana, al arte del arreglo floral. Su significado etimológico proviene de Ikeru (conservar vivo) y Hana o Bana (flores y ramas). Al ser una de las artes Zen, también es un Do, un sendero o un camino de autorrealización. En el Ikebana el Do es “la manera”, “el espíritu” utilizado en la ejecución de este arte, y ese espíritu es la expresión del pensamiento Zen. En Occidente, el Ikebana suele ser interpretado como una simple técnica decorativa. Sin embargo es mucho más que eso, porque no sólo aporta destreza o un exquisito refinamiento en la composición floral, sino que su profundo estudio nos permite comprender más sobre la naturaleza de las flores, que es el camino de nosotros mismos. Para ser Maestros en este arte, se necesitan muchos años de entrenamiento, bajo la mirada experta de un Maestro. 

    Un Maestro de Ikebana inicia la clase desanudando con mucho cuidado  la cinta de rafia que mantiene unidas las flores y las ramas, y las deposita a un lado. Luego examina las distintas ramas y elige las mejores, las dobla atentamente, y les da la forma según el papel que han de desempeñar en el conjunto, ya que el arreglo floral se basa en el principio de tres: cielo, tierra  y hombre. Y finalmente las reúne en un florero que ha escogido previamente. En el ciclo de tres, el hombre se halla a mitad de camino entre el cielo y la tierra. Recibe su alimento espiritual del cielo metafísico mientras su cuerpo está sustentado por raíces terrestres. El discípulo de Ikebana debe trabajar hasta lograr la armonía de estos principios dentro de sí mismo. 

    En todas las artes zen la finalidad es la misma aunque las formas sean diferentes. El discípulo entiende que el estado espiritual apropiado se alcanza cuando los preparativos y la creación, la artesanía y el arte, lo material y lo espiritual, se funden en un solo contenido. El Ikebana nos enseña cómo debemos afrontar la vida: con autocontrol, paz interior y justicia, buscando el camino correcto.

    Algo que ha caracterizado al ser humano desde siempre, sea de donde sea, es la búsqueda. Todos buscamos algo. La práctica de estas actividades, como la mayoría de las disciplinas japonesas, por no decir todas, requiere un estado de ánimo especial. Hay que liberarse de las preocupaciones mundanas y así lograremos contactar con nuestra parte más excelsa, con nuestra parte verdadera, con nuestro Espíritu.

Marcelo Pena

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